quinta-feira, 3 de maio de 2018

Mayo del 68: cuando París pidió lo imposible

Eva Cantón
El Periódico

Bajo el escenario idílico de una época de opulencia, la ciudad del Sena protagonizó una revuelta inédita contra el autoritarismo y la rigidez del poder

Al general De Gaulle, Francia se le escapa de las manos. Ha pasado una década desde que instauró la V República, casi tres desde que hizo en Londres su heroico llamamiento a la Resistencia frente a la ocupación nazi. Ahora tiene 77 años y está al frente de un país en plena mutación social que supera la barrera de los 50 millones de habitantes. Desde 1958, el gaullismo y el comunismo son los pilares de la política francesa.

Aparentemente, todo va bien. Como en muchos países industrializados, los franceses viven el periodo de mayor prosperidad económica desde la segunda guerra mundial, con altas tasas de crecimiento, pleno empleo y un nivel de vida aceptable. Pero Francia se aburre, según el célebre artículo publicado en 'Le Monde' el 15 de marzo de 1968 por Pierre Viansson-Ponté.

No hay solo tedio. La sociedad se ahoga. La generación del 'baby-boom' desconfía de las instituciones, abomina del autoritarismo, las jerarquías, las estrictas normas sociales, la moral conservadora. «Un universo cerrado, un universo bloqueado sin puertas ni ventanas. Un universo que solo entendía la relación de fuerza. Eso era entonces De Gaulle para nosotros», recuerda el escritor y cineasta Hervé Hamon en 'El espíritu de Mayo 68'.

Desigualdades

El poder adquisitivo aumenta, pero menos que las desigualdades. La educación se abre a los hijos de las emergentes clases medias, pero no a los de las capas populares. La Francia rural se hunde y empuja a los agricultores a emigrar a las ciudades, que nutren junto a inmigrantes argelinos, italianos, portugueses y españoles una nueva generación de obreros que trabaja en precario y a destajo.

La patronal rechaza cualquier tipo de negociación con los agentes sociales. Militar en un sindicato es una afrenta a la ley. El Gobierno reprime huelgas enviando al Ejército. El paro empieza a asomar la nariz y la inflación a comerse los sueldos. El esplendor de la industria del automóvil apenas oculta el declive del sector minero, textil o naval.

Un paisaje de chabolas se dibuja en torno a París. Cinco millones de franceses viven bajo el umbral de la pobreza. La prosperidad no llega a todo el mundo. «Solo unos cientos de miles de franceses no se aburren: parados, jóvenes sin empleo, pequeños agricultores aplastados por el progreso, víctimas de una competencia cada vez más dura, viejos abandonados más o menos por todos. Están tan absorbidos por sus problemas que no tienen tiempo de aburrirse, ni ánimo para manifestarse y revolverse», prosigue Viansson-Ponté. Dos meses después de este análisis, Francia estalla. Los estudiantes levantan barricadas y los obreros protagonizan la mayor huelga general de la historia del país.

La chispa de Nanterre

En realidad todo empieza antes. En los albores de los sesenta la efervescencia contra el autoritarismo es general. A partir de 1965 cristaliza en las protestas contra la guerra de Vietnam –librada en nombre de los peligros del comunismo– que nutren la agitación de los campus más allá de Estados Unidos. Estudiantes de todo el mundo cuestionan el imperialismo y la política de bloques surgida tras la segunda guerra mundial.

En Nanterre, en la periferia parisina, 142 estudiantes liderados por un joven libertario alemán llamado Daniel Cohn-Bendit ocupan la facultad para denunciar la existencia de listas negras de alumnos revolucionarios y reclamar la liberación de dos militantes del Comité Vietnam Nacional (CVN) acusados de haber roto los cristales de la American Express en una manifestación contra la guerra. Ocurrió el 22 de marzo de 1968.

Esa fecha da nombre al movimiento que, en opinión de la historiadora Michelle Zancarini-Fournel, puede considerarse «como la mecha que enciende el fuego» de los acontecimientos. Nanterre también reclama residencias universitarias mixtas y nuevos métodos pedagógicos.

Cerrada por la sucesión de incidentes, el 3 de mayo la contestación de Nanterre se traslada a la Sorbona y su rector recurre a la policía para desalojar a los ocupantes, que son reprimidos con fuerza. El balance, 600 detenidos y el inicio de una espiral de inusitada violencia.

Los enfrentamientos con las fuerzas del orden inflaman el barrio Latino de París que, en la noche del 11 al 12 de mayo, se convierte en el escenario de una batalla campal. A los gases lacrimógenos de los antidisturbios, los manifestantes responden con cócteles molotov. Se cuentan hasta sesenta barricadas, los ladrillos de piedra del pavimento se usan como arma arrojadiza. 'Bajo los adoquines, la playa' surge como uno de los eslóganes que destilan la utopía de un mundo mejor. Otro lema que cala está tomado de Herbert Marcuse: 'Seamos realistas, pidamos lo imposible'.

La cólera se extiende

Según los archivos policiales de la época, tras las barricadas hubo de todo: camareros, panaderos, trabajadores de banco, enfermeras. «No fue cosa solo de estudiantes, ni una veleidad de ‘niños de papá’ que querían ser burgueses. Había una diversidad sociológica que sustenta el proyecto político de 1968», analiza la historiadora Ludivine Bantigny en '1968. De grands soirs en petit matin'. «Son de generaciones diferentes, algunos habían empezado a militar en los años 50 contra la guerra de Argelia», apostilla el sociólogo Olivier Filieule, coordinador de una investigación sobre los militantes del 68.

La represión policial extiende la cólera a otras ciudades francesas, y a las fábricas. En solidaridad con los estudiantes, los sindicatos llaman a la huelga general el 13 de mayo y la movilización alcanza regiones sin tradición contestataria, superando los bastiones industriales. Siete millones de personas se suman a la mayor huelga de la historia del país. En Nantes, los trabajadores de Sud-Aviation ocupan la empresa y secuestran a su director. En Boulogne- Billancourt, los inmigrantes de Renault reclaman el derecho a la alfabetización.

«En los mítines se debaten modalidades de lucha, hay discusiones con estudiantes en la entrada de las factorías, con agricultores que van a vender su mercancía. Se aviva el sueño del poder de los obreros y de la autogestión. No se discute solo de una mejora salarial, sino que se denuncia la organización del trabajo», explica en la revista 'Politis' el profesor de historia de la Universidad de Borgoña Xavier Vigna. La política ha llegado a las fábricas.

Huelgas masivas


A mediados de mes, las huelgas masivas en Correos obligan al Gobierno a recurrir al Ejército del Aire. Los paros se extienden al sector público –los trenes de la SNCF, el metro, la cadena pública de radiotelevisión– mientras los agricultores bloquean carreteras con tractores y en cines, teatros y museos se cuestiona el concepto de cultura y se habla de llevar la imaginación al poder.

El viejo general no parece consciente de la gravedad de la situación. Cree que las manifestaciones son solo «un desmadre». Se trata de «un puñado de exaltados», dice el ministro de Educación, Alain Peyrefitte. A finales de mayo la contestación está en su apogeo y Francia paralizada, pero De Gaulle no altera su agenda.

Más conciliador, el primer ministro, George Pompidou, intenta calmar las cosas convocando a patronal y sindicatos en el Ministerio de Trabajo, en la calle de Grenelle. El 25 de mayo se llega a un acuerdo para subir el salario mínimo, reducir la jornada laboral y pagar los días de huelga. Pero las bases lo rechazan. Las factorías de Renault, Citroën y Sud Aviation retoman la huelga en toda Francia.

Durante unos días, la impotencia de un poder desorientado aviva las ilusiones revolucionarias. De Gaulle ha desaparecido. Más tarde se sabrá que viajó a Baden-Baden (Alemania) a consultar al general Massu y que estuvo tentado de abandonar.

Pero vuelve, como volvió de Londres tras la Liberación, y en un discurso igual de belicoso en el que alerta del «peligro totalitario», el 30 de mayo anuncia la disolución de la Asamblea Nacional y elecciones legislativas. Ese mismo día, medio millón de franceses desfilan en los Campos Elíseos para apoyar al gaullismo.

Insubordinación obrera

«Ese desfile es 'La internacional' contra 'La Marsellesa', el tricolor contra el rojo y el negro, la V de la victoria contra el puño en alto», dice la politóloga Emmanuel Loyer en 'L’événement 68'. Los sindicatos se pliegan a la solución electoral y trasladan a las empresas los 'Acuerdos de Grenelle'.

«La paradoja de la mayor huelga que ha conocido el país es que culmina con un resultado tibio que satisface a los asalariados pero no cambia en nada la organización del trabajo. Por eso Francia vivirá durante los años setenta una insubordinación obrera que amplía y radicaliza la contestación de la primavera de 1968», sostiene Xavier Vigna.

Y lo que es peor, añade el historiador, el Gobierno expulsa a unos 250 extranjeros, entre ellos a obreros españoles y portugueses a quienes les espera la prisión de las dictaduras de Franco y Salazar, mientras en Francia los instigadores de las huelgas son despedidos durante el verano.

A principios de junio, el orden público vuelve a verse amenazado tras la muerte de un joven maoísta de 17 años, Gilles Tautin, ahogado en el Sena cuando escapaba de una redada policial en las cercanías de una fábrica ocupada. De nuevo las barricadas, los coches incendiados y la violencia.

El Gobierno responde con un decreto de disolución de los grupos de extrema izquierda –troskistas, maoístas y anarquistas– a quienes responsabiliza de la revuelta. Ilegaliza el movimiento 22 de marzo y prohíbe las manifestaciones durante la campaña electoral. El 30 de junio, el gaullismo y sus aliados arrasan en las legislativas y logran la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional.

«No fue una revolución, porque el poder siguió en su sitio, pero sí tuvo una repercusión revolucionaria en el plano de las costumbres. Sus consecuencias llegan hasta nuestros días», resalta Olivier Filieule. El 68 fue también el «año cero de la liberación de la mujer», en palabras de la socióloga Christine Fauré, de una segunda ola feminista tras la de principios del siglo XX. Aunque en el mayo francés, las mujeres no juegan ningún papel político.

En Francia, muchos analistas consideran que la fisura abierta por el gaullismo perdura hasta la llegada al Elíseo del socialista François Mitterrand en 1981.

¿Fue una fiebre estudiantil o un movimiento social? ¿Una protesta política o una revolución cultural? ¿Una crítica saludable de la autoridad o la aparición del individualismo? Desde hace 50 años, Mayo del 68 alimenta un apasionado debate intelectual y político. Para mitificarlo, defenderlo o denostarlo.

Nicolas Sarkozy lo vio como el germen de las derivas del capitalismo financiero y la pérdida de respeto por la autoridad. Emmanuel Macron, que ha optado por no hacer una conmemoración oficial del cincuentenario, decía hace tres años lo siguiente en la revista 'Le 1': «El error de muchos fue dejarse intimidar por la brutalidad del momento, aceptar no decir y no actuar».

«No fue un rechazo de la sociedad industrial sino una revelación de los nuevos conflictos que genera. Las luchas sociales, el conflicto de intereses no aparecen solo en las fábricas, sino en todos los sitios donde la sociedad pretende transformarse», escribe en 'El movimiento de mayo' el sociólogo Alain Touraine, profesor en la Universidad de Nanterre el año de la revuelta.

Para otro testigo de los acontecimientos, el filósofo Edgar Morin, Mayo del 68 fue «una brecha en la línea de flotación del orden social por la que se colaron valores, aspiraciones, ideas nuevas que querían transformar profundamente nuestra civilización». «Nada cambia y todo cambia. El orden político, social y económico se restablece en junio, pero se desencadena un proceso que alterará el espíritu del tiempo», relata en 'L’Obs'. «Fue un éxtasis de la historia».

sexta-feira, 27 de abril de 2018

Populismo de izquierda en el Reino Unido

Chantal Mouffe
Página 12

La crisis de la socialdemocracia europea está confirmada. Después de los fracasos de Pasok en Grecia, del PvdA en los Países Bajos, del PSOE en España, del SPÖ en Austria, del SPD Alemania y del PS en Francia, el PD viene de obtener el peor resultado de su historia en Italia. La única excepción a este desastroso panorama se encuentra en Gran Bretaña, donde el Partido Laborista, dirigido por Jeremy Corbyn, está en pleno crecimiento. Con casi 600 mil afiliados, el Laborismo es hoy el mayor partido de izquierda en Europa.

¿Cómo hizo Corbyn, quien sorpresivamente fue elegido como líder del partido en 2015, para lograr esta proeza?

Después de un intento de desplazarlo por parte de la derecha del partido en 2016, el momento decisivo en la consolidación de su liderazgo fue el fuerte crecimiento del Partido Laborista en las elecciones de junio de 2017. Mientras los sondeos les daban a los conservadores una ventaja de 20 puntos, el Partido Laborista ganó 32 escaños, logrando que los tories perdieran la mayoría absoluta. La estrategia desarrollada en esas elecciones es la clave del éxito de Corbyn.

Esto se debe a dos factores principales. Primero, un manifiesto radical, en línea con el rechazo a la austeridad y las políticas neoliberales por parte de importantes sectores de la sociedad británica. Después, la formidable movilización organizada por Momentum, el movimiento creado en 2015 para apoyar la candidatura de Corbyn.

Inspirado en los métodos de Bernie Sanders en Estados Unidos, así como en las nuevas agrupaciones radicales europeas, Momentum ha aprovechado numerosos recursos digitales para establecer vastas redes de comunicación que les han permitido a los militantes y a muchos voluntarios saber en qué distritos era necesario ir a contactar a los electores puerta a puerta. Fue esta movilización inesperada la que llevó al error a todos los pronósticos.

Pero fue gracias al entusiasmo que despertó el contenido de su programa que todo esto fue posible. Con el título For the many, not the few (para la mayoría, no para unos pocos), utilizó un lema que ya había sido usado por el partido, pero dándole una nueva significación para establecer una frontera política entre un “nosotros” y un “ellos”. De esta manera, se trataba de repolitizar el debate y de ofrecer una alternativa al neoliberalismo instaurado por Margaret Thatcher y continuado por Tony Blair.

Las principales propuestas del programa fueron la renacionalización de los servicios públicos, como los ferrocarriles, la energía, el agua o el correo, el freno al proceso de privatización del Servicio Nacional de Salud (NHS) y del sistema escolar, la abolición de los aranceles de inscripción en la universidad y un aumento significativo de los subsidios sociales. Todo apuntaba a una clara ruptura con la concepción de la tercera vía del Nuevo Laborismo.

Mientras este último había reemplazado la lucha por la igualdad con la libertad de “elegir”, el manifiesto reafirmó que el Laborismo era el partido de la igualdad. El otro punto destacado fue la insistencia en el control democrático, por lo que se puso el acento en la naturaleza democrática de las medidas propuestas para crear una sociedad más igualitaria. La intervención del Estado fue reivindicada, pero con el rol de crear las condiciones que permitieran a los ciudadanos tomar el control de los servicios públicos y gestionarlos. La insistencia en la necesidad de profundizar la democracia es una de las características centrales del proyecto de Corbyn. Esto resuena muy particularmente en el espíritu que inspira a Momentum, que aboga por establecer vínculos estrechos con los movimientos sociales. Y explica la centralidad atribuida a la lucha contra todas las formas de dominación y discriminación, tanto en las relaciones económicas como en otras áreas, como las luchas feministas, antirracistas o LGBT.

Es la articulación de las luchas sociales con las que se relacionan con otras formas de dominación lo que está en el corazón de la estrategia de Corbyn y es por eso que puede ser calificada como “populismo de izquierda”. El objetivo es establecer una sinergia entre las diversas luchas democráticas que atraviesan a la sociedad británica y transformar al Partido Laborista en un gran movimiento popular capaz de construir una nueva hegemonía.

Es claro que la realización de un proyecto como éste significaría para Gran Bretaña un cambio tan radical, aunque de sentido opuesto, como el realizado con Margaret Thatcher. Ciertamente, el combate por reinvestir al Laborismo todavía no se ganó y la lucha interna continúa con los partidarios de Blair. Los oponentes de Corbyn despliegan múltiples maniobras para intentar desacreditarlo, la última consiste en acusarlo de tolerar el antisemitismo dentro del partido.

Las tensiones también existen entre los partidarios de una concepción más tradicional del Laborismo y los partidarios de la “nueva política”. Pero estos se están imponiendo y las relaciones de fuerza juegan a su favor. En comparación con otros movimientos como Podemos o Francia Insumisa, la ventaja de Corbyn consiste en que está a la cabeza de un partido grande y cuenta con el apoyo de los sindicatos.

Bajo su conducción, los laboristas lograron devolverles el gusto por la política a aquellos que la habían abandonado con Blair y atraer a cada vez más jóvenes. Esto prueba que, contra lo que afirman muchos politólogos, los partidos políticos no han devenido formas obsoletas y que, al articularse con los movimientos sociales, pueden renovarse. Es la conversión de la socialdemocracia al neoliberalismo lo que está en el origen del descontento de sus electores.

Cuando se les ofrece a los ciudadanos la perspectiva de una alternativa y tienen la posibilidad de participar en un debate agonístico real, ellos se muestran ansiosos por hacer oír sus voces. Pero esto requiere abandonar la concepción tecnocrática de la política, que la reduce a la gestión de problemas técnicos, y reconocer su carácter partisano.

quinta-feira, 1 de março de 2018

Geopolítica del siglo XXI: volatilidad por todos lados

Immanuel Wallerstein
La Jornada

Puede argüirse que el ámbito más fluido en el sistema-mundo moderno, que está en crisis estructural, es el geopolítico. Ningún país está cercano a dominar este ámbito. La última potencia hegemónica, Estados Unidos, ya lleva tiempo actuando como un gigante incapaz. Tiene poder para destruir pero no para controlar la situación. Sigue proclamando reglas que espera que otros sigan, pero puede ser, y es, ignorado. Hay ahora una larga lista de países que se consideran listos para desempeñarse de maneras específicas pese a las presiones de otros países. Una mirada por todo el globo confirmará puntualmente la incapacidad de Estados Unidos para imponer sus modos.

Los dos países que además de Estados Unidos tienen el poderío militar más fuerte son Rusia y China. Alguna vez se movían con cuidado para evitar la reprimenda de Estados Unidos. La retórica de la guerra fría hablaba de dos campos geopolíticos en competencia. La realidad era otra cosa. La retórica simplemente enmascaraba la efectividad relativa de la hegemonía estadunidense. Ahora, virtualmente es lo contrario. Estados Unidos tiene que moverse con cuidado vis-à-vis Rusia y China para evitar perder la capacidad de obtener su cooperación en las prioridades geopolíticas de Estados Unidos.

Miremos a los así llamados aliados más fuertes de Estados Unidos. Podemos enredarnos discutiendo quién es el aliado más cercano, o ha sido ya por largo tiempo. Escojan entre Gran Bretaña e Israel o aun, algunos dirían, Arabia Saudita. O hagamos una lista de los que alguna vez han sido socios confiables de Estados Unidos, como Japón y Corea del Sur, Canadá, Brasil y Alemania. Llamémosles los números dos. Ahora revisemos el proceder de todos estos países en los 20 años pasados. Digo veinte porque la nueva realidad precede al régimen de Donald Trump, pese a que sin duda él ha sido quien ha empeorado la habilidad de Estados Unidos para imponer sus modos.

Miremos la situación en la península de Corea. Estados Unidos quiere que Corea del Norte renuncie a su armamento nuclear. Este es un objetivo que Estados Unidos ha repetido con regularidad. Fue cierto cuando Bush y Obama fueron presidentes. Ha continuado siendo cierto con Trump. La diferencia es el modo de conseguir este objetivo. Previamente, las acciones estadunidenses utilizaban cierto grado de diplomacia además de las sanciones. Esto reflejaba el entendimiento de que demasiadas amenazas públicas de Estados Unidos terminaban siendo contraproducentes. Trump cree lo opuesto. Considera las amenazas públicas como el arma básica de su arsenal.

No obstante, Trump tiene días diferentes. En el día uno amenaza a Norcorea con devastación. Pero el día dos hace que su objetivo primordial sean Japón y Corea del Sur. Trump dice que le proporcionan insuficiente respaldo financiero para los costos derivados de una continua presencia estadunidense armada ahí. Así que entre el ir y venir de las dos posturas estadunidenses, ni Japón ni Corea del Sur terminan estando seguros de estar protegidos.

Japón y Corea del Sur han lidiado con sus temores e incertidumbres en modos opuestos. El actual régimen japonés busca asegurar las garantías estadunidenses ofreciendo un respaldo público total a las (cambiantes) tácticas estadunidenses. Confía, por tanto, en complacer a Estados Unidos lo suficiente como para recibir las garantías que quiere obtener.

El actual régimen sudcoreano utiliza una táctica bastante diferente. Emprende de modo muy abierto relaciones más cercanas con Norcorea, lo cual en gran medida va contra los deseos de Estados Unidos. Con esto confía complacer al régimen norcoreano lo suficiente como para que Pyongyang responda accediendo a no escalar el conflicto.

Que cualquiera de estas aproximaciones tácticas estabilicen la posición estadunidense es totalmente incierto. Lo seguro es que Washington no está en posición de mando. Tanto Japón como Corea del Sur están buscando obtener calladamente armas nucleares para fortalecer su posición dado que no pueden saber qué traerá el siguiente día en el frente estadunidense. La volatilidad de la postura estadunidense debilita aún más su poderío debido a las reacciones que genera.

O tomemos la más enredosa situación del llamado mundo islámico del Magreb a Indonesia, y en particular en Siria. Cada una de las potencias importantes de la región (o que lidian con la región) tiene un diferente enemigo primordial (o enemigos). Para Arabia Saudita e Israel, por el momento es Irán. Para Irán es Estados Unidos. Para Egipto es la Hermandad Musulmana. Para Turquía son los kurdos. Para el régimen iraquí, son los sunníes. Para Italia es Al Qaeda, que está haciendo imposible controlar el flujo de migrantes. Y así seguimos.

¿Y para Estados Unidos? Quién sabe. Ése es el miedo protuberante para todo el resto. Al momento Estados Unidos parece tener dos prioridades bastante diferentes. El día uno, es la aquiescencia norcoreana hacia los imperativos estadunidenses. El día dos es finiquitar su involucramiento en la región del este asiático, o por lo menos reducir sus desembolsos financieros. El resultado es más y más oscuro.

Podemos trazar retratos semejantes para otras regiones o subregiones del mundo. La lección clave es que a la decadencia de Estados Unidos no le ha seguido el advenimiento de otro hegemón. La situación se pliega en un zigzaguear general y caótico, la volatilidad o inestabilidad de la que hablamos.

Este, por supuesto, es el mayor peligro. Los accidentes nucleares, o los errores, o la locura, se vuelven de repente lo que priva en la mente de todos, especialmente entre las fuerzas armadas del mundo. Cómo lidiar con este peligro es el debate geopolítico más significativo a corto plazo.

terça-feira, 20 de fevereiro de 2018

Las tecnologías de la información y la amenaza a la democracia

Kofi Annan
Project Syndicate

Las redes sociales pueden ser el comienzo de un camino hacia un mundo orwelliano controlado por el «Big Data». Algunos regímenes autoritarios ya están organizando los desarrollos tecnológicos para ejercer control a una escala sin precedentes.

En su momento, Internet y las redes sociales fueron aclamadas como herramientas que crearían nuevas oportunidades de difundir la democracia y la libertad. De hecho, Twitter, Facebook y otras redes sociales tuvieron un papel clave en los levantamientos populares de Irán en 2009, el mundo árabe en 2011 y Ucrania en 2013‑2014. Parecía por momentos que el tuit podía más que la espada.

Pero pronto los regímenes autoritarios comenzaron a reprimir la libertad en Internet: tenían miedo del nuevo mundo digital, porque estaba fuera del alcance de sus mecanismos de seguridad analógicos. Esos temores resultaron infundados. Finalmente, la mayoría de los levantamientos populares motorizados por las redes sociales fracasaron por falta de liderazgo eficaz, y las organizaciones políticas y militares tradicionales retuvieron el poder.

Estos regímenes incluso han comenzado a usar las redes sociales para sus propios fines. Todos hemos oído acusaciones de que Rusia usó encubiertamente las redes sociales para influir en los resultados de las elecciones en Ucrania, Francia, Alemania y, el hecho más conocido, en los Estados Unidos. Facebook calcula que el contenido publicado por Rusia en su red, incluidos comentarios y anuncios pagos, llegó a 126 millones de estadounidenses (cerca del 40% de la población).

Hay que recordar que antes Rusia acusó a Occidente de promover las «revoluciones de colores» en Ucrania y Georgia. Parece que Internet y las redes sociales ofrecen otro campo de batalla para la manipulación subrepticia de la opinión pública.

Si ni siquiera los países más avanzados en tecnología pueden proteger la integridad del proceso electoral, ¿qué decir de los desafíos que enfrentan los países con menos conocimiento técnico? Es decir, la amenaza es global. A falta de hechos y datos, la mera posibilidad de manipulación alimenta teorías conspirativas y debilita la fe en la democracia y en las elecciones, en un momento en que la confianza pública ya se encuentra deprimida.

Las «cámaras de eco» ideológicas generadas por las redes sociales agravan los sesgos naturales de las personas y reducen las oportunidades de sano debate. Esto tiene efectos reales, porque fomenta la polarización política y erosiona la capacidad de los líderes para forjar acuerdos, base de la estabilidad democrática. Asimismo, el discurso del odio, los llamamientos terroristas y el hostigamiento racial y sexual, que se han instalado en Internet, pueden llevar a violencia en la vida real.

Pero las redes sociales no son el primer caso de una revolución de las comunicaciones que planteara desafíos a los sistemas políticos. La imprenta, la radio y la televisión fueron revolucionarias en su momento. Y todas fueron gradualmente reguladas, incluso en las democracias más liberales. Es hora de analizar cómo sujetar las redes sociales a las mismas reglas de transparencia, responsabilidad y tributación que los medios convencionales.

En Estados Unidos, un grupo de senadores presentó un proyecto de «ley de honestidad publicitaria» que extendería a las redes sociales las mismas reglas que se aplican a la prensa, la radio y la televisión. Esperan lograr su aprobación antes de la elección intermedia de 2018. En Alemania, se aprobó una nueva ley (llamada Netzwerkdurchsetzungsgesetz) que obliga a las empresas de redes sociales a eliminar comentarios violentos y noticias falsas en un plazo de 24 horas, con multas de hasta 50 millones de euros (63 millones de dólares).

Pero aunque estas medidas sean útiles, no estoy seguro de que la legislación en el nivel nacional sea un medio adecuado para regular la actividad política en Internet. Muchas naciones más pobres no podrán ofrecer esa clase de resistencia; y para todos los países será difícil hacer cumplir las normas que impongan, ya que la mayor parte de los datos se almacenan y administran fuera de sus jurisdicciones.

Más allá de la necesidad o no de nuevas reglas internacionales, debemos procurar que el intento de contener los excesos no ponga en riesgo el derecho fundamental a la libertad de expresión. Las sociedades abiertas deben evitar una reacción exagerada que pudiera debilitar las libertades mismas de las que deriva su legitimidad.

Pero tampoco podemos quedarnos de brazos cruzados. Unos pocos grandes jugadores, en Silicon Valley y otras partes, tienen nuestro destino en sus manos; pero con su cooperación, podemos encarar las falencias del sistema actual.

En 2012, convoqué una Comisión Global sobre las Elecciones, la Democracia y la Seguridad, para la identificación y el abordaje de los retos que afectan la integridad de las elecciones y la promoción de procesos electorales legítimos. Sólo las elecciones que el conjunto de la población acepta como justas y creíbles pueden llevar a una alternancia de gobierno pacífica y democrática que confiera legitimidad al vencedor y protección al perdedor.

Bajo los auspicios de la Fundación Kofi Annan, me dispongo a convocar una nueva comisión (que esta vez incluirá a los cerebros de las redes sociales y de la tecnología de la información, y a líderes políticos) para que nos ayude a resolver estas nuevas cuestiones cruciales. Buscaremos soluciones factibles que sirvan a las democracias y protejan la integridad de las elecciones, sin dejar de aprovechar las muchas oportunidades que ofrecen las nuevas tecnologías. Publicaremos recomendaciones que, esperamos, aliviarán las tensiones disruptivas creadas entre los avances tecnológicos y uno de los logros más grandes de la humanidad: la democracia.

La tecnología no se detiene, y tampoco debe hacerlo la democracia. Tenemos que actuar pronto, porque los avances digitales pueden ser sólo el comienzo de una tendencia irrefrenable hacia un mundo orwelliano controlado por un Gran Hermano, en el que millones de sensores en teléfonos inteligentes y otros dispositivos reúnan nuestros datos y nos hagan vulnerables a la manipulación.

¿A quién corresponde la propiedad de los abundantes datos que recogen nuestros teléfonos y relojes? ¿Cómo deben usarse? ¿Debe su uso supeditarse a nuestro consentimiento? ¿A quién deben rendir cuentas aquellos que los usen? Son grandes preguntas de las que depende el futuro de la libertad.

sábado, 17 de fevereiro de 2018

Para reconstruir un país sumergido en sus miedos

Fernando de la Cuadra
Rebelión

Mientras los medios de comunicación bombardeaban con imágenes del carnaval, viaductos y puentes se desmoronaban por falta de manutención [1], lluvias inundaban villas y aldeas, deslizamientos de tierra sepultaban a poblaciones enteras. Los hospitales colapsaron por los casos de malaria, fiebre amarilla, dengue, zika, chikunguña y otras enfermedades provocadas por la picadura de mosquitos (Anopheles y Aedes aegypti respectivamente) en un país que tiene el triste mérito de reactivar epidemias del siglo XIX.

Junto con ello, la violencia desatada en las favelas y zonas controladas por el tráfico de drogas ha puesto en evidencia los serios problemas de seguridad pública que deben enfrentar diariamente sus habitantes. Mueren más personas en Brasil que en países en estado de guerra declarado. Este es un país que continúa sumergido en una crisis que no parece tener fin, un país que dejó de tener cualquier relevancia en el plano internacional en una caída vertiginosa hacia la penumbra de la historia.

Ni siquiera se vislumbran muchas esperanzas a partir de una renovación o cambio drástico que se pueda producir con las próximas elecciones de octubre. En un lúcido artículo, la destacada economista María da Conceicão Tavares nos recuerda que ahora es urgente iniciar una acción restauradora del Estado, pues la crisis que se arrastra en este último periodo no se resuelve por el concurso de las urnas, sino a través de una reconstrucción profunda.

El panorama es más bien sombrío, con la extrema derecha ganando apoyo entre un electorado pasivo y desorientado. Lo que parece imponerse en este momento es un miedo difuso, miedo generado por la incertidumbre de lo que va a suceder, miedo generado por las diversas amenazas que enfrenta el ciudadano: temor a perder el trabajo y los derechos laborales, a ser asaltado en cualquier momento, a enfermarse y no tener las mínimas condiciones de acudir a un centro de salud para obtener asistencia, a quedarse desamparado ante cualquier catástrofe natural o económica, a morir de abandono y desolación. El miedo es la palabra de orden en el Brasil actual.

Estos miedos están siendo explotados por los propagandistas de la extrema derecha, difundiendo la falacia de que solo un gobierno militar o de “mano fuerte” es capaz de sacar al país de la crisis sistémica en que se encuentra. Estos apologistas del terror han venido instalando la idea de que el mundo exterior es una jungla peligrosa y que lo mejor es protegerse en el aislamiento y la vigilancia permanente, transformando las casas y edificios en verdaderas fortalezas protegidas por cercas eléctricas y alambres de púas. La idea es que las personas eviten las calles, los parques, los espacios públicos y queden libres de los peligros que acechan en la reclusión hogareña y la “seguridad” de lugares siempre vigilados.

Lo que desean estos profetas del miedo es desmovilizar a la población, mantener a la gente en su reducto familiar, desencontrarlos, que no compartan su descontento y malestar ante el estado de las cosas, ante la impudicia con que actual empresarios, políticos y jueces. Frente a este escenario es necesario resistir y buscar formas de actuación política que permitan y propongan una salida efectiva a la crisis sistémica que enfrenta el país. Es necesario una movilización activa de la ciudadanía que permita salir al país de la abulia y la pasividad al que intentan someterlo las fuerzas retrogradas.

Los jóvenes deben desempeñar un papel fundamental en este proceso de reactivación del campo democrático. Los estudiantes están llamados a movilizarse en sus escuelas, liceos y universidades, pues son ellos quienes deberían asumir la vanguardia de las luchas democratizadoras que están por venir. Solo así se podrá transformar el miedo en acción militante y liberadora, para seguir intentando urgentemente sacar al país de las trampas y mentiras colocadas por los promotores de la desigualdad, el conservadurismo y el atraso social.

Nota
[1] La inversión en infraestructura durante 2017 se limitó a un escuálido 1,4% del PIB, suma que apenas sirve para reponer el desgaste y la depreciación de las obras y equipamientos existentes.

sexta-feira, 16 de fevereiro de 2018

El siglo del control de las masas

Raúl Zibechi
La Jornada

Desde que los sectores populares desbordaron los centros de encierro y de ese modo neutralizaron las sociedades disciplinarias, el gran desorden social que sobrevino impulsó la búsqueda de nuevas formas con el fin de controlar grandes aglomeraciones humanas para, de esa manera, recuperar la capacidad de gobernarlas. Sin ello, cualquier sistema, y en particular éste basado en la explotación y la opresión, naufragarían en un caos profundo.

Desde los años que siguieron al estallido de 1968, esa búsqueda ha sido incesante. De lo que se trata es de sustituir al caducado panóptico: una herramienta capaz de controlar multitudes con la misma eficacia que el control individualizado. Las tecnologías que se han desarrollado en los últimos años, muy en particular la inteligencia artificial, van en esa dirección. No "aparecen" nuevas tecnologías que facilitan el control; se desarrollan prioritariamente aquellas que son más adecuadas para el control de grandes masas. Los resultados son estremecedores y debemos conocerlos para adquirir las capacidades necesarias para neutralizar estos dispositivos.

Las policías de los principales países, China, Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea, adoptaron las modernas tecnologías para controlar mejor a sus ciudadanos. Días atrás los medios difundieron cómo la policía china controla multitudes en las estaciones de trenes, utilizando gafas dotadas de pequeñas cámaras para la identificación facial, conectadas a la base de datos policial que les permite identificar a las personas en segundos.

Estamos hablando de grandes concentraciones humanas, lo que implica la utilización de tecnologías muy precisas y, además, la creación de una base de datos que está llegando a los mil 400 millones de personas, o sea la totalidad de la población de la nación más poblada del planeta. China ya instaló 176 millones de cámaras de seguridad, que para 2020 serán 400 millones. En las regiones más conflictivas, las bases de datos policiales incluyen escaneo de iris, ADN y fotos de caras, apretando el cerco a los disidentes.

En los países occidentales ya se puede hacer la foto de un vecino de asiento en el autobús, y en segundos conocer su identidad. Si eso pueden hacer los usuarios de iPhoneX, podemos imaginar los niveles de sofisticación que han alcanzado los servicios de seguridad del Estado.

Un aspecto que merece ser reflexionado lo propone el Centro de Derecho de la Privacidad y Tecnología de Georgetown. Álvaro Bedoya, su director, reflexiona: "Las bases de datos de ADN y huellas dactilares se conformaban con personas con antecedentes penales. Se está creando una base biométrica de gente que respeta la ley".

Los datos anteriores muestran el increíble avance del Estado para controlar a las personas, pero también las grandes empresas que cuentan con sistemas similares para "facilitar" las relaciones con sus clientes. El resultado es que estamos siendo vigilados a cielo abierto (antes sólo se podía vigilar en espacios cerrados), todo el tiempo y en todo lugar, como nunca antes en la historia de la humanidad. Es parte de la brutal concentración de poder y riqueza en los estados, que son controlados por el 1 por ciento más rico.

Es evidente que este desarrollo –producto de la neutralización y desborde de los centros de encierro y disciplina, algo que no debemos olvidar– afecta los modos y maneras de resistir y de luchar contra el sistema. En la historia, cada tipo de opresión ha sido respondida con nuevas estrategias. Me parece necesario trazar algunas reflexiones de cara al futuro.

La primera es que estamos apenas en el comienzo de formas cada vez más minuciosas de control de las poblaciones. Se está inaugurando una nueva era de control de masas, estructural, no coyuntural, que durará tanto tiempo como nos lleve a los sectores populares desbordarla o neutralizarla. La tarea primordial en este momento es identificarlas.

La segunda es que debemos aprender del pasado, en concreto de las luchas contra los centros de encierro, en particular las fábricas y las escuelas, que fueron los espacios de disciplinamiento más poblados y, por lo tanto, los más conflictivos. En rigor, no fue una lucha para apropiarse del centro de mando, el panóptico, sino para destruirlo o esquivarlo, de las maneras más insólitas pero siempre en base a la cultura popular: trabajo a desgano, usar la salida a los baños como tiempo de fuga, robarle segundos y minutos al cronómetro de la productividad, y así.

No fue una resistencia organizada desde los sindicatos o partidos, y esto es fundamental. Fueron los propios obreros y obreras, los internos de los centros de estudio y los estudiantes, los que ganaron milímetros en cada contienda, algo que los dirigentes raras veces comprendieron pero nunca orientaron. Estas culturas para sobrevivir a las opresiones, como las que relata James Scott en Los dominados y el arte de la resistencia, son poco estimadas y mal comprendidas por los que apuestan todo al marco institucional, tan vacío como inconducente.

La tercera cuestión es: los más variados modos de resistir la inteligencia artificial aplicada al control masivo de las poblaciones tendrán una característica común: el control sobre los cuerpos, nos está diciendo que esos cuerpos son y serán los campos de batalla. No desestimo los análisis, ni las ideologías. Pero los cuerpos son el núcleo de la emancipación; por lo tanto, alegrías y dolores, celebraciones y angustias, modelan las rebeldías, como nos vienen enseñando los pueblos indios y las feministas de abajo.

Puede parecer poco concreto. Lo es, sin duda. No se trata de estudiar para definir una estrategia, sino de poner en marcha acciones pequeñas y medianas, para neutralizar el control. Finalmente, la creatividad humana, que es la clave de nuestra sobrevivencia como especie, es una aventura sin certezas, con final impredecible. Sólo nos queda confiar en nuestras fuerzas colectivas y en la terca tenacidad de la vida.

terça-feira, 6 de fevereiro de 2018

A corrupção é o principal problema do Brasil?

Juliane Furno
Brasil de Fato

E se caísse um raio em Brasília e acabasse com todos os “corruptos”, amanhã teríamos um Brasil melhor? E se todo o dinheiro desviado em esquemas de corrupção fosse devolvido aos cofres públicos, teríamos educação e saúde pública de qualidade amanhã?

O Brasil teria desviado, em 2015, 69 bilhões de reais dos cofres públicos em esquemas de corrupção, segundo uma pesquisa da FIESP. Problema sete vezes maior do que a corrupção é a sonegação de impostos. Só em 2015 o Brasil deixou de arrecadar R$ 500 bilhões por sonegação de impostos. Mas a mesma mídia que sonega impostos é aquela que te diz que o problema é apenas a corrupção.

Vamos comparar com outros números. O total que o governo federal gastou em 2016 em juros e amortizações da dívida pública brasileira foi de 407 bilhões, ou seja, pouco menos do que o governo gastou no mesmo ano com a Previdência Social – 550 bi- e que ao contrário dos minoritários detentores de títulos da dívida pública, abrange milhões de brasileiros.

E porque o governo quer mexer na previdência e não nos juros da dívida? Parece uma pergunta óbvia. No entanto o seu silenciamento dos noticiários cotidianos diz muito sobre as prioridades políticas e econômicas dos donos do poder. Também em 2016 o governo gastou 84 bilhões de reais com o judiciário brasileiro, incluindo aí os super salários dos juízes que julgam, por exemplo, a corrupção. Ou seja, 15 bilhões a mais do que o desviado com corrupção no ano anterior.

Falta verba para saúde, educação e creche porque parcelas dos políticos brasileiros aprovaram uma Emenda Constitucional do “Teto dos Gastos”, por exemplo, que em 2025 terá cortado 45 milhões só na educação! Ou seja, falta dinheiro porque há uma política econômica que é aprovada por políticos que diz onde deve “faltar” recursos.

Sim, a corrupção é um problema “estrutural” brasileiro, ou seja, está nas nossas raízes históricas. Herdamos de Portugal as mazelas da colonização exploratória e também um modelo de Estado, que chamamos de patrimonialista, que, em síntese, quer dizer um Estado que diferencia muito pouco o que é público do que é privado. Essa é a origem da corrupção no país, que é agravada por diversos fatores, entre eles o financiamento privado de campanhas políticas. “Não vou votar em ninguém nessas eleições, todos são corruptos”, ouve-se por aí. E se chegar um candidato que você tem certeza que não é corrompível, será suficiente para que ele ganhe seu voto?

Você não vai querer saber qual a política econômica e social desse candidato para ampliar gastos com saúde e educação e diminuir com as despesas financeiras? Você não vai querer saber o que esse candidato fará com relação a entrega das nossas riquezas naturais para os capitalistas internacionais? Pouco importa pra você se a política de valorização do salário mínimo acabou? E finalmente, você não vai querer saber qual a proposta desse candidato para reduzir as desigualdades sociais que é o principal problema do Brasil?

Essas perguntas desaparecem sob o discurso de que só importa combater a corrupção, esvaziando a política e abrindo espaços para os supostos “técnicos” e “bons gestores”, que no fundo se aproveitam da tua ojeriza à política para fazer política apenas para a classe social deles - que certamente não é a sua. Respondendo às perguntas feitas no primeiro parágrafo. O Brasil pode até ficar livre da corrupção. Mas o problema vai persistir. O que precisa mudar é a política econômica, que faz com que o dinheiro público seja usado para favorecer apenas as elites, e não o povo brasileiro.