sexta-feira, 21 de julho de 2017

La larga Ilustración

Antonio Rivera
Revista de Libros

Por diversas razones, la Ilustración del siglo XVIII ha terminado por asociarse entre la mayor parte de la gente con la gran revolución intelectual que condujo al mundo que tenemos hoy. Nuestra mayor relación cultural con Francia, la coincidencia de los philosophes y los revolucionarios en el mismo tiempo y espacio galo, el conocimiento más generalizado de autores como Kant o Rousseau, así como el gran éxito divulgador de la cultura en que consistió el movimiento ilustrado –con L’Encyclopédie a la cabeza–, explican el hecho de que cada vez que acudimos a los orígenes de la Modernidad nos cueste franquear la frontera del Setecientos. Y, sin embargo, la gran convulsión que dio paso a la contemporaneidad, aquella gran «crisis de la conciencia europea» de que hablara Paul Hazard, se produjo en el siglo XVII, tanto en términos intelectuales como científicos, en el terreno del cambio político y en el de la formación de los grandes factores protagonistas del presente largo: los Estados-nación modernos y el desarrollismo capitalista. Como reza el subtítulo del último libro de A. C. Grayling, en esa centuria tenemos que buscar «el nacimiento de la mente moderna».

Evidentemente, era sólo el principio, y sus logros intelectuales y políticos no rebasaron las fronteras de algunos países o el ámbito de influencia de unos pocos pensadores brillantes y del puñado de corresponsales literarios que difundían sus escritos y cartas. Pero ahí estaban ya los Descartes y Mersenne, Galileo y Newton, Spinoza, Hugo Grocio, Hobbes y Locke, para dar lugar no a un pensamiento revolucionario, sino a una revolución en la manera de pensar. Y ahí estaban las bases de la nueva y moderna filosofía, ciencia, derecho y teoría política. Se empezaron a quebrar entonces al menos dos paradigmas: la necesidad de una ortodoxia de los conocimientos y el respeto reverencial al saber transmitido por la tradición (protegido por sus correspondientes guardianes religiosos). Galileo remachó el clavo de Copérnico y Kepler enfrentándose hasta lo posible a una Iglesia católica resentida y expectante, dispuesta a preservar violentamente la ortodoxia después de la rebelión de Lutero. Su enfrentamiento con Galileo y el logro de la retractación de este fue una victoria pírrica para ella, la última batalla para preservar el monopolio de la verdad y frenar la emergencia de la revolución científica. Por su parte, Descartes estableció un nuevo método de conocimiento, inspirado en la sospecha epistémica frente a todo lo heredado. Precisó un sistema de conocimiento secuenciado en sus conocidos cuatro pasos y desterró la tentación nihilista al establecer que de algo sí podíamos estar seguros: de que al pensar estamos existiendo. A partir de ese punto de apoyo podía promoverse un mundo de nuevos saberes. La escolástica, Aristóteles y Tomás de Aquino aparecían como sus primeras víctimas.

El escenario de semejante transformación no podía ser más tumultuoso: un siglo de contiendas que apenas toleró en Europa una tregua de tres años (de 1669 a 1671), y donde destacan por sus efectos y repercusiones la Guerra de los Treinta Años, la guerra civil y revolución inglesas, y las guerras navales anglo-neerlandesas. De allí salió Westfalia (1648), sentando dos bases del futuro: el final de la religión como argumento de confrontación, sustituyendo la lucha entre países de distintas creencias por el criterio de que la fe del príncipe era la de su pueblo (lo que no hizo sino trasladar al interior esas tensiones), y el principio de los modernos Estados-nación, al convertir en dogma de las relaciones internacionales el respeto a las fronteras propias y a los asuntos internos de cada país. Westfalia creó una sociedad de Estados basada en los principios de soberanía territorial. A la vez, dejó para el muy largo futuro un mapa fragmentado que hacía imposible la emergencia de una única potencia europea y que impedía que el continente se expresara a través de una voz de grandes proporciones y poderes, como podía ser la China del momento. Las consecuencias de ese hecho se dejaron ver en el surgimiento de nuevas potencias nacionales –Gran Bretaña, sobre todo– y en la capacidad de estas para disponerse a la competición internacional frente a contrarios de más volumen, pero, a la postre, menos poderosos.

De la gloriosa revolución inglesa surgió la monarquía parlamentaria que permitió a los mc gobernar la política, disponerla a favor de sus intereses mercantiles y manufactureros, y derivarla complementariamente hacia la gestión capitalista y global de su creciente espacio colonial. Su prolongada contienda civil también suscitó reflexiones acerca de cómo racionalizar las relaciones políticas entre los individuos para terminar con ese estado de guerra permanente que habían vivido personajes como Hobbes o Locke. Finalmente, los conflictos de ese país con los holandeses propiciaron a medio plazo el dominio británico de los mares y su acceso a nuevas áreas coloniales (del Caribe a Bengala, pasando por Nueva York). También dieron lugar al casamiento de la hija del monarca inglés con Guillermo de Orange, futuro rey tras la gloriosa revolución. Con todo, no dejaba de ser tiempo de arranque y tiempo también de convivencia de lo nuevo y lo de siempre: el mejor ejemplo de absolutismo monárquico –la antítesis ideal de la monarquía parlamentaria–, la Francia de Luis XIV, se instituyó en ese momento como una de las principales potencias europeas.

¿Fue condición tal escenario de violencias mundiales para que emergiera una revolución en la manera de construir el pensamiento o de concebir la organización social y política de los individuos? Grayling sostiene que así fue, que precisamente la atención constante prestada a la guerra y la generación de espacios vacíos –sin olvidar la propia experiencia bélica y la necesidad de racionalizar la organización social– es lo que explica y da sentido a la oportunidad aprovechada por aquellas mentes y por los difusores de sus ideas. Quizá sea esta una de las partes donde el relato de Grayling es más problemático. Me explico: dedica un centenar de páginas a describir los avatares de la guerra de los Treinta Años, pero sin justificar por qué tanto detalle explicaría lo ocurrido en el campo del pensamiento. Está clara la conexión argumental del autor, pero no la exagerada atención dedicada a la sucesión de contiendas dentro de la general e interminable guerra de entonces, lo que acaba dando lugar a una especie de capítulo autónomo (toda la Parte II) bastante prescindible y de escaso interés para el lector más preocupado por los aspectos intelectuales que por los bélicos de ese siglo.

Semejante duda generan también las Partes III y IV, que vuelven a tratar un tema de gran interés: la convivencia del pensamiento mágico con el científico y el resultado de esa pugna, pero que lo hacen a veces de manera demasiado prolija y confusa. Ambos capítulos destacan aspectos muy diversos y de una extraordinaria importancia. Así, las figuras de Francis Bacon, Marin Mersenne y René Descartes, padres los tres de una diferente manera de organizar el hecho de pensar. Bacon sobresale por su empirismo metódico, la diferenciación entre teoría y práctica científica, o entre pensamiento práctico y pensamiento especulativo. A la condición sanamente hedonista del objetivo científico, que es mejorar la vida de las personas mediante un mejor control de la naturaleza (anticipando ya la intención de la organización política moderna), se añade la convicción de que la ciencia miraba hacia adelante (que no era presa de los hallazgos anteriores; en todo caso, dueña de los mejores de ellos) y de que debía manejarse con amplia libertad de experimentación. Se propugna el esfuerzo cooperativo y el destierro del ocultismo en beneficio de la colaboración entre diversos investigadores, la crítica recíproca y la comunicación constante de los descubrimientos científicos. La Royal Society de Londres sería su más acabada expresión, pero no la única ni la primera. Descartes abrumó con su método para llegar al conocimiento y con su duda no menos metódica, con su «escepticismo metodológico». Mersenne, por su parte, además de con sus avances matemáticos, destacó como «un servidor de Internet» –se lo conocía como «el buzón de Europa»– aplicado a distribuir y conectar conocimientos a través de una tupida y febril red de comunicaciones epistolares. Proyectos como el de la Universidad de Stanford («Mapping the Republic of Letters») están aportando mucho al conocimiento de las redes de difusión de las nuevas ideas en los siglos XVII y posteriores.

En esas mismas secciones se aborda cómo la versión científica desplazó a la fe y cómo algunos de los autores que colaboraron decisivamente a ello oscilaron entre una u otra convicción. Se recuerda también que, al tiempo que prosperaban nuevas visiones de la ciencia, se quemaban cuerpos en la hoguera de condenados por brujería. La tenebrosa guerra de los Treinta Años, con tantas pasiones religiosas de por medio, fue el escenario propicio para esas prácticas. Una convivencia de lo viejo y de lo nuevo que no sorprende, porque es así como se producen todos los cambios, y que Grayling ilustra con más erudición que elocuencia. Son dos apartados tan estimulantes en muchas de sus páginas como desordenados en su conjunto.

El relato termina, ¡cómo no!, en el orden social. La labor académica e intelectual de Grayling se aplica a una investigación filosófica que ilustre acerca de «cómo se debe vivir» y pone por eso la política práctica en el centro de sus preocupaciones. Sabemos que el tránsito inevitable entre el descubrimiento de las claves de la naturaleza y las de la organización social formó parte de los iniciáticos optimismos de la Modernidad. Hobbes y Locke, cada uno a su modo, dieron respuesta a la pregunta que desde Aristóteles –y con permiso de Grocio y Maquiavelo– parecía oportuno hacerse: ¿por qué nos organizamos los humanos en sociedades políticas? O antes: ¿de dónde procede el derecho a gobernar del príncipe? A partir de ese desentrañamiento resultaba factible formular y aspirar a alternativas diferentes de las conocidas. Y se hizo a partir de antropologías pesimistas como la de Hobbes o, cuando menos, circunspectas, como la que tenía en la cabeza Locke (no optimistas como la de Rousseau). Absolutismo y liberalismo laicos nacieron con sus respectivas reflexiones. Spinoza remató la jugada acercándose más a lo que hoy tenemos por democracia. Dios, eso sí, quedaba alojado «en el asiento trasero», tanto en la ciencia como en la política.

Posiblemente Grayling sea demasiado optimista acerca del alcance y extensión popular, por aquellos tiempos, de esa revolución en la manera de pensar. Se cura un tanto en salud acudiendo a una ilustrativa metáfora: el siglo arranca con la tragedia de Macbeth, estrenada en 1606, en que un rey es asesinado, pero en 1649 algunos de los espectadores de Shakespeare pudieron asistir a la decapitación de Carlos I, principio de las turbulencias que remataron en la Gloriosa. Lo que en la obra teatral se imaginaba como el caos absoluto –los búhos atacaban a los halcones–, en la vida real se producía como una contingencia más de la historia, que daba paso a otra nueva situación y que no acababa con nada. Pero esa actitud menos dramática no sugiere que aquellos espectadores estuvieran intelectualmente afectados por el cambio en la manera de pensar que venía produciéndose en la centuria. Sin duda hay que esperar, ahora sí, al siglo siguiente, a la Ilustración, para que el enfoque científico llegue, no sólo a las grandes revoluciones políticas del siglo XVIII, como dice el autor, sino también a públicos mucho más numerosos, sin los cuales no habría surgido en escena un nuevo sujeto político protagonista: el Pueblo. La alfabetización masiva posterior y la educación generalizada confirmaron esa deriva.

Y aquí aparece, en sus páginas finales, el beligerante y militante Grayling. En lugar de contestar los conocidos cuestionamientos de la Modernidad, tanto el antiiluminismo de primera hora como el más contemporáneo de Fráncfort y la posterior posmodernidad, nuestro autor arrambla con ellos y los remite a una fantasmal nota al pie, contestando con una defensa apasionada de la fe ilustrada en las últimas páginas y haciéndose solidario de los argumentos de Anthony Pagden en su La Ilustración y por qué sigue siendo importante para nosotros. En ese sentido, apunta que son los restos de pensamiento antiguo, premoderno, religioso, característico de las culturas que no han llevado a cabo la separación de lo mágico y lo científico, quienes, a despecho de su naturaleza minoritaria, están poniendo en peligro hoy la continuidad de nuestra feliz mayoría de edad. «El totalitarismo mental del islam –sentencia– es el paradigma». También, el sustrato mágico popular que cobra enteros conforme la cosmovisión científica, con su tecnicismo, se aleja del ciudadano. La brecha se llena con creencias e historias ilusorias, reconocidamente falsas, pero conformadoras de un relato menos turbador y más comprensible que el que proporciona la madurez moderna. Es el regreso a la infancia intelectual del hombre, el camino de retorno cuando no se entiende el mundo en que se vive. Frente a ello, sin pestañear, Grayling receta lo mismo que Rousseau, Kant y todos los modernos desde hace dos siglos: educación. El problema es que no hay que ser un posmoderno para reconocer que ello no es en absoluto suficiente. Grayling explica extraordinariamente el nacimiento de la mente moderna, pero parece no tener demasiada consideración de los problemas que ha generado la elevación de la razón al pedestal de la deidad, su conversión en un valor supremo indiscutible.

sábado, 8 de julho de 2017

Análisis de la crisis en Brasil: “Parece que la presión para la salida de Temer ha disminuido”

José Robredo
El Ciudadano

"La tendencia debería ser que de no aparecer nuevas acusaciones graves contra el actual presidente, el actual gobierno se va a mantener, incluso a pesar de todas las turbulencias que existen y que probablemente seguirán existiendo en su travesía", sostiene el académico Fernando de la Cuadra.

El pasado martes la Comisión de Constitución y Justicia de la Cámara de Diputados de Brasil comenzó el proceso de análisis de la denuncia de “corrupción pasiva” presentada por la Fiscalía brasileña en contra del presidente Michel Temer, lo que tiene en las cuerdas al mandatario.

La denuncia se enmarca en la serie de actos de corrupción que se han develado en el último año, y que van desde el financiamiento de las campañas electorales de todos los sectores políticos hasta los sobornos a parlamentarios para la legislación en diferentes temas.

De aprobarse la denuncia en el Parlamento, el mandato de Temer queda en manos del Tribunal Supremo de Justicia brasileño, lo que daría pie a un nuevo “carrusel político” en el país.

En este contexto, ya es larga la lista de políticos que han caído. La primera fue la ex presidenta Dilma Rousseff, quien fue destituida a través de un impeachment por los vínculos con el esquema de corrupción de Petrobras e irregularidades en el manejo de las arcas fiscales. Tras la caída de Rousseff, vino la serie de parlamentarios que han tenido que dejar sus cargos para asumir sus responsabilidad frente a la Justicia.

Ante esta inestabilidad, la investigación sobre posibles actos de corrupción protagonizados por el presidente Temer, tiene al sistema político brasileño al borde de la cornisa, lo que se ve alimentado por el período electoral en el que se encuentra el país, que finaliza el próximo año con las elecciones presidenciales.

Al respecto, El Ciudadano conversó con el analista internacional y académico Fernando de la Cuadra, el que sostiene que la crisis es tan grande que “entre los ciudadanos se ha instalado la sensación de que el país no consigue salir del pantano, pero tampoco se vislumbran alternativas viables para salir de la crisis o que surja algún nuevo liderazgo o bloque político que sea capaz de congregar a la mayoría hacia un proyecto que permita alejar la crisis del horizonte de los brasileños”.

¿Cuáles son las implicancias de la denuncia de la Fiscalía a Temer?

La denuncia de corrupción pasiva contra el Presidente Temer, que ha sido instaurada por el Procurador General de la República, es muy grave, suficiente para apartarlo de su mandato de forma automática. Si Brasil tuviera un sistema de gobierno parlamentario es casi seguro que ya hubiera sido alejado del poder. Pero como este país es presidencialista es necesario que se sigan otros caminos para conseguir su destitución. Primeramente, la apertura del proceso de ser aprobada por la Cámara de Diputados y son necesarios 342 votos favorables a la apertura de proceso de un total de 513 diputados. Por ahora, el proceso se tramita en la Comisión de Constitución y Justicia (CCJ) en la cual la defensa del presidente tiene 10 sesiones para presentar sus descargos. En seguida, deben existir 5 sesiones para que se realice la presentación del relator. Inclusive si la CCJ votará contra el informe, este debe ser conducido al Plenario de la Cámara donde se requiere una votación aprobación de los dos tercios para continuar con la acusación. La tendencia hasta ahora es que no se conseguirán los votos suficientes para continuar con el proceso y éste sea encerrado hasta que aparezcan nuevas denuncias.

¿Con esto queda a un paso del Impeachment?

No parece factible en la actual coyuntura Temer sea objeto del impeachment, pero uno nunca sabe y nuevas denuncias podrían venir a ocurrir. En ese caso, se abrirá otro proceso y así sucesivamente. Por ahora, la base de apoyo del gobierno parece haberse consolidado en torno a un apoyo al presidente y si ese apoyo continúa dando frutos, podemos llegar a 2018 en este impasse y el próximo año ya son las elecciones. Es decir, las prioridades van a ser otras y lo más probable es que los partidos vuelquen sus energías a organizar sus respectivas campañas y a construir las alianzas requeridas en función de la futura contienda electoral.

La inestabilidad política es evidente. ¿Es la salida de Temer la solución?

Pienso que sí, pero en este momento parece que la presión para la salida de Temer ha disminuido. Y las manifestaciones a favor de la salida de Temer no han tenido el impacto esperado sobre la clase política. Aunque insisto, el escenario brasileño es impredecible a mediano plazo y nuevos hechos podrán venir a cambiar la actual correlación de fuerzas.

¿Queda la sensación de que se vuelve al punto de inicio a casi un año de la salida de Dilma?

En efecto, entre los ciudadanos se ha instalado la sensación de que el país no consigue salir del pantano, pero tampoco se vislumbran alternativas viables para salir de la crisis o que surja algún nuevo liderazgo o bloque político que sea capaz de congregar a la mayoría hacia un proyecto que permita alejar la crisis del horizonte de los brasileños. La corrupción sigue campeando y el propio Poder Judicial está siendo cuestionado por sus últimos fallos a favor de la libertad de condenados en primera instancia, como por ejemplo, el ex asesor y estrecho colaborador del presidente, el ex diputado Rodrigo Rocha Loures.

¿Qué proyección de escenarios se puede realizar? ¿Cabe la opción de adelantar las elecciones?

Para adelantar las elecciones se requiere aprobar una Propuesta de Enmienda a la Constitución (PEC) ya presentada por el diputado Miro Teixeira, pero considerando que falta relativamente poco más de una año para las próximas elecciones, el 2 de octubre de 2018, pienso que los partidos de oposición no van a conseguir el apoyo de los conglomerados y partidos que se encuentran indecisos en torno a esta cuestión. La tendencia debería ser que de no aparecer nuevas acusaciones graves contra el actual presidente, el actual gobierno se va a mantener incluso a pesar de todas las turbulencias que existen y que probablemente seguirán existiendo en su travesía. Ello para desgracia del conjunto de la nación brasileña.

quinta-feira, 6 de julho de 2017

El futuro de Temer continúa siendo una incógnita

Fernando de la Cuadra
Rebelión

La denuncia de corrupción pasiva contra el Presidente Temer que ha sido instaurada por el Procurador General de la República, Rodrigo Janot, es muy grave, suficiente para apartarlo de su mandato de forma automática. Si Brasil tuviera un sistema de gobierno parlamentario es casi seguro que ya hubiera sido alejado del poder. Pero como este país se rige bajo un sistema presidencialista es necesario que se sigan otros caminos para conseguir su destitución. Primeramente, para que una investigación criminal contra el presidente pueda ser abierta y analizada por el Supremo Tribunal Federal (STF) se necesitaría la aprobación de los dos tercios de la Cámara de Diputados. En cifras, ello significa que son necesarios 342 votos favorables a la apertura de proceso de un total de 513 diputados.

Por ahora, la causa se tramita en la Comisión de Constitución y Justicia (CCJ) en la cual la defensa del presidente tiene 10 sesiones para presentar sus descargos. En seguida, deben existir 5 sesiones el para que se realice la presentación del relator. Inclusive si la CCJ votará contra el informe, este debe ser conducido para el Plenario de la Cámara para votación, instancia donde se requiere está aprobación de los dos tercios para continuar con la acusación. La tendencia hasta ahora es que pocos diputados han decidido o manifestado como votarán, aunque existe en este momento la sensación de que no se conseguirán los votos suficientes para continuar con la denuncia y ella sea archivada hasta que aparezcan nuevas pruebas contra el inculpado. Si la Cámara aprueba y la máxima Corte del país concluye que hay elementos para declarar reo al presidente, este será apartado automáticamente del cargo por un periodo de 180 días, mientras prosiguen las investigaciones. En dicho escenario, según la constitución debería asumir el primero en la línea sucesoria, función que recae en el presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Maia.

No parece factible en la actual coyuntura que el presidente Temer pueda ser objeto de un impeachment aunque nunca se sabe que actitud asumirán los congresistas al tomar conocimiento con mayor profundidad sobre los términos de la denuncia del procurador o si nuevas acusaciones aparecen en los próximos días. En ese caso, los partidos de la base aliada pueden optar por apartarse definitivamente del gobierno y del presidente, en cuyo caso el futuro de Temer se encuentra bastante comprometido.

Diferentemente, si la base aliada del gobierno se consolida en torno a un apoyo incondicional al presidente y si ese sustento continúa estable, podemos llegar a 2018 sin alteraciones en la hoja de ruta, especialmente ahora que Brasil entrará en clima de elecciones el año que viene. Es decir, las prioridades van a ser otras y lo más probable es que los partidos vuelquen sus energías para organizar sus respectivas campañas electorales y para articular las alianzas requeridas en función de la contienda que se aproxima. Esta semana, los aliados del presidente están en una campaña agresiva para conquistar el apoyo de los indecisos para la votación en el plenario, que puede ser marcada para el viernes 14 de este mes.

Otra alternativa sería la renuncia de Temer y la convocatoria inmediata a nuevas elecciones, lo cual es una hipótesis improbable debido a la voluntad de Temer de seguir en su cargo hasta el fin de su mandato. Una última posibilidad es que sea aprobada la Propuesta de Enmienda Constitucional (PEC) presentada por el diputado Miro Teixeira para adelantar la fecha de las elecciones. Sin embargo, para que ello suceda se requiere un quorum hasta el momento inexistente e improbable si se considera que falta poco más de un año (2 de octubre de 2018) para que se realicen las elecciones según el cronograma oficial.

Mientras tanto, entre los ciudadanos se ha instalado la sensación de que el país no consigue emerger del pantano, aunque tampoco se vislumbran alternativas viables para superar la crisis. Por lo mismo, las frecuentes manifestaciones a favor de la salida de Temer no han tenido el impacto esperado sobre la clase política.

Aparte del ex presidente Lula o de Marina Silva, no se percibe el surgimiento de ningún nuevo liderazgo o de algún bloque político que sea capaz de congregar a la mayoría de las fuerzas políticas y sociales hacia un proyecto que permita construir acuerdos y alejar la crisis del horizonte de los ciudadanos. La corrupción sigue campeando y el propio Poder Judicial está siendo cuestionado por sus últimos fallos a favor de la libertad de condenados en primera instancia, como por ejemplo, el ex asesor y estrecho colaborador del presidente, el ex diputado Rodrigo Rocha Loures.

Si bien el escenario brasileño continúa siendo incierto e impredecible a mediano plazo, no se puede descartar la posibilidad de que nuevos hechos podrán venir a cambiar la actual correlación de fuerzas. La tendencia debería ser que de no aparecer nuevas acusaciones graves contra el actual presidente, el actual gobierno se va a mantener incluso a pesar de todas las turbulencias que existen y que probablemente seguirán existiendo en su travesía. Ello para desgracia de la inmensa mayoría de los ciudadanos de esta nación.

domingo, 25 de junho de 2017

Marx não morreu

Helena Celestino
Valor Econômico


Só 11 pessoas foram à cerimônia fúnebre de Karl Marx, em 1883. "O Capital", a obra que consumira duas décadas da sua vida, estava inacabada e causara-lhe tantos sofrimentos e privações que ele se referia ao trabalho como "o maldito livro". Foi escrito em tempos de convulsão como o atual século XXI, em que tudo que é sólido parece se desmanchar no ar. Às guerras napoleônicas, sucederam-se revoluções pela Europa (França, Itália, Alemanha, Império Austríaco). O capitalismo nascia na Inglaterra e a moderna indústria revolucionava o mundo.

"As inovações ultrapassavam todas as grandes civilizações do passado. Em nome do livre comércio, as fronteiras nacionais foram derrubadas, os preços caíram, o planeta tornou-se interdependente e cosmopolita. Bens e ideias agora circulavam em todos os lugares. Mas tinha um problema. A riqueza não era igualmente distribuída." Parece banal? Agora, talvez, mas essa citação apareceu pela primeira vez no "Manifesto Comunista", um panfleto de 23 páginas distribuído em Londres em 1848, e reapareceu em 1887 em "O Capital", a monumental obra sobre a gênese do capitalismo.

O seu autor, Karl Marx (1818-1883), às vésperas de chegar ao bicentenário de nascimento, não errou. A obra da sua vida completa 150 anos em setembro e, sem notar, incorporamos no falar cotidiano do século XXI as ideias básicas da crítica marxista ao capitalismo. "As pessoas sabem que há desigualdade social, sabem que há luta na distribuição dos recursos segundo a posição de poder de cada um na sociedade. Estou usando outra linguagem, mas isso é luta de classes, e é disso que as pessoas falam", afirma o ex-ministro da Cultura e professor Francisco Weffort, referindo-se ao conflito de interesses entre os "detentores do capital e os que vendem a força de trabalho".

O reconhecimento da presença de interesses econômicos e sociais no dia a dia não transforma ninguém em marxista, mas é Marx - concordam os estudiosos - a maior referência acadêmica e intelectual a deitar raiz no fenômeno da desigualdade e do conflito social. "Esses pensamentos radicais, sobre as raízes do mundo moderno, não são superáveis facilmente. É o caso de Marx e de Max Weber [1864-1920], eles tiveram a coragem de pensar o início de tudo", diz Weffort.

Ao redor do mundo, universidades, "think tanks" e editoras aproveitam as duas datas comemorativas para revisitar o legado do filósofo e revolucionário do século XIX, inspiração para os movimentos de esquerda e assombração para os governos autoritários de direita, já declarado morto e ressuscitado em igual número de vezes.

Quando a crise financeira de 2008 explodiu na Europa e nos Estados Unidos, "O Capital" pulou para as listas de mais vendidos: o primeiro livro a descrever as crises periódicas do capitalismo ganhava novo sentido. O interesse trazia Marx de volta ao debate público, depois de um longo período em que seu pensamento era olhado com desprezo por causa do colapso da União Soviética e do fracasso dos regimes ditos socialistas no Leste da Europa. Ao decretar o fim da história, enterrava-se junto e misturado o marxismo e "O Capital".

"Pela primeira vez está sendo publicada a obra original de Marx em sua totalidade", diz o matemático e filósofo alemão Michael Heinrich, professor da Universidade de Ciências Aplicadas de Berlim. Ele é um dos editores do maior projeto de reinterpretação de Marx, não por acaso chamado de Mega-2. Começou em 1974 e não tem data para acabar: todos os manuscritos do filósofo estão sendo republicados na Alemanha na sua forma original, ou seja, antes de editados por Friedrich Engels (1820-1895).

Na primeira semana de junho, Heinrich fez o circuito das universidades brasileiras, dando início às comemorações dos 150 anos de "O Capital". Em setembro, lança a 26ª biografia de Marx, três volumes a serem publicados pela Boitempo. A cabeça em pedra do barbudo com jeito de profeta, reverenciada por turistas no cemitério de Highgate, em Londres, estará na capa de outro livro a ser lançado em outubro pela Companhia das Letras: a conceituada biografia do professor Gareth Stedman Jones, em que o britânico tenta separar Karl do mítico Marx, inspirador do marxismo.

Quase 200 anos depois de seu nascimento, ele ainda é considerado imprescindível pelos estudiosos. Quando morreu, dormindo numa cadeira na sua casa de Londres, além do fiel escudeiro Engels, poucos apostavam em Marx como o homem que mudaria a consciência do mundo - segundo as palavras do filósofo Bertrand Russell (1872-1970). Na maior parte da vida, foi estrela de uma pequena comunidade de exilados e revolucionários, mas seus livros estavam longe de ser best-sellers. "O Manifesto Comunista" sumiu logo depois de lançado e assim ficou por 24 anos. "O Capital" vendeu mil exemplares em quatro anos e só foi traduzido para o inglês 12 anos depois.

Demorou quase meio século para o livro chegar ao Brasil. Importados ou em traduções mambembes da editora do Partido Comunista Brasileiro, os textos de Marx nos anos 20 e 30 eram conhecidos dos grandes escritores da época (Oswald e Mário de Andrade, Graciliano Ramos) e viravam conversas de botequim, mas estavam fora do currículo das universidades. Foi por meio de um grupo de estudos, inventado por jovens professores da USP, que Marx fez sua entrada oficial na academia.


A partir de 1958, eles se reuniram semanalmente durante três anos para ler "O Capital". Ruth e Fernando Henrique Cardoso, Francisco Weffort, Octavio Ianni, José Arthur Giannotti, Paul Singer, Fernão Novaes e alguns "alunos penetras" - como se define o critico literário Roberto Schwarz - encontravam-se aos sábados, por seis horas, nas casas de uns e outros. "Era um clima de camaradagem, animação e alguma rivalidade, com rodízio de expositor e uma comilança no final", descreve Schwarz no recém-lançado "Nós que Amávamos Tanto O Capital - Leituras de Marx no Brasil" (Boitempo). "Tinha sempre um debate longo porque todos tinham um discurso comprido para fazer, qualquer que fosse a importância daquilo que pensava", ironiza Weffort.

Já se passou outro meio século, e uma infinidade de autores ainda lança novos olhares sobre a obra de Marx. Após a morte do amigo, Engels dedicou anos para juntar os caóticos textos deixados pelo filósofo e publicar os volumes 2 e 3 de "O Capital". O resultado final, em alguns trechos, foi mais "revolucionário" do que na versão original, e um exemplo é a previsão do colapso do capitalismo, hoje reconhecida como uma contribuição de Engels - Marx falara apenas que a tendência da redução dos lucros das empresas "sacudiria" o capitalismo. Parece uma firula, mas abriu a porta para interpretações marxistas mais radicais e levou os críticos a tentarem aprisionar Marx no século XIX.

Para o economista-celebridade Thomas Piketty, autor do best-seller "O Capital no Século XXI" (ed. Intrínseca), os economistas fariam bem em buscar inspiração em Marx. O francês usou os recursos da matemática moderna para mostrar a verdadeira natureza das relações sociais, conseguindo realizar o sonho do filósofo no século XIX, quando fazia pesquisas diárias no British Museum lendo relatórios de fábricas e similares para comprovar empiricamente suas teses. Piketty provou matematicamente que o mercado não se regula sozinho e, a partir de 1980 e 1990, a desigualdade voltara a atingir os níveis do tempo de Balzac (1799- 1850), "refletindo a lógica de Marx".

Essa é também a análise do sociólogo Wolfgang Streeck, mas sua conclusão é diferente: Marx errou. Numa entrevista à revista "Books", ele vê no pós-guerra as democracias repartindo mais equalitariamente os lucros através do Estado-previdência e, com isso, conseguindo uma certa paz social. Só que depois dos chamados "30 gloriosos anos", afirma, o capitalismo atual livrou-se das regulações sociais, recuperou certos traços anteriores a 1945 e, por isso, a desigualdade aumentará e novas crises acontecerão. Mas, diferentemente da revolução prevista por Marx, Streeck não consegue antever nenhum movimento organizado com capacidade de se opor ao capitalismo globalizado.

O Marx político é o mais polêmico. O historiador e escritor Daniel Aarão Reis, um admirador e leitor assíduo, vê o teórico militante como aberto, libertário e flexível, mas aponta dois problemas: um certo messianismo proletário e autoritarismo, ao criar uma oposição entre o saber científico (o seu) e a utopia das propostas rivais. Isso levou a social-democracia a achar que eles tinham a verdade e os outros, a ilusão, diz. Esse Marx doutrinário é alvo de mais críticas - especialmente depois dos regimes construídos em seu nome -, mas a confusão política recente aqui e no mundo está levando jovens no Reino Unido, nos EUA e até no Brasil a voltar a ele para entender o que está acontecendo ao redor.

A brasileira Antonia Oliveira Violeta Duarte, de 16 anos, estudante do Andrews e manifestante presente em protestos recentes no Rio, fez uma escolha surpreendente quando a avó pediu seis nomes de livros para dar-lhe de presente. Entre eles, incluiu "O Capital". Por quê? "Quero ler para poder tomar posição. A política é o que mais me interessa", diz.

quinta-feira, 22 de junho de 2017

Christian Ingrao: “Los intelectuales fueron el puntal del nazismo”

Andrés Seoane
El Cultural

El historiador francés experto en el nazismo Christian Ingrao publica Creer y destruir, los intelectuales en la máquina de guerra de las SS (Acantilado), un monumental ensayo que demuestra que muchos de los asesinos del régimen nazi eran universitarios cultivados.

¿Cómo se puede ser un intelectual sensible a la cultura y un ferviente defensor del nazismo a un mismo tiempo? Hasta ahora al pensar en soldados del Reich o en oficiales de cuerpos como las SS nos imaginábamos a individuos sin estudios y extraídos de los bajos fondos, populacho próximo a la barbarie encandilado por un genio del mal como Adolf Hitler. Lo bueno de este mito es que nos permite delimitar claramente la línea entre hombre y monstruo y suscribir la evocadora cita de Theodor Adorno sobre Auschwitz y la poesía. Pero existe un problema que plantea la realidad. El nazismo, y todas las atrocidades de las que fue responsable, no fueron producto de una masa enfervorecida por ciegas ensoñaciones patrióticas, sino el resultado de una ingeniería científica y unas construcciones académicas creadas por intelectuales y eruditos afectos a una ideología que les permitió superar sus traumas privados y colectivos. En el monumental ensayo Creer y destruir, los intelectuales en la máquina de guerra de las SS (Acantilado), el historiador francés experto en el nazismo Christian Ingrao analiza la trayectoria de 80 miembros intermedios de las SS y las SD, todos universitarios, muchos doctores, juristas, economistas, filólogos, filósofos e historiadores que conformaron de forma entusiasta el corpus central del régimen nacionalsocialista.

Porque lo que Ingrao pretende demostrar es una tesis a priori sencilla pero muy reveladora. “No hay que estudiar el nazismo como un sistema de ideas, sino como un sistema de creencias que subvierte, a través de un proceso emocional, la pertenencia social y cultural”, explica. “El nazismo fue atractivo para obreros y campesinos, para gente de clase media y para gente de clase superior, y la única población que realmente no se sintió atraída por el nazismo fueron los judíos”. Pero más allá de la retórica populista y de la crispada situación social, ¿qué llevo a estos hombres cultos a participar de la subsiguiente barbarie que generó el régimen de Hitler, a comer, como dijo Heinrich Böll, del “sacramento del búfalo? “Lo que diferencia al nazismo de otros tipos de etnonacionalismo que se vivieron en Alemania entre 1919 y 1925 es que es un planteamiento determinista racial, lo que significa que para cualquier persona que lo interioriza todo está condicionado por un sistema de jerarquización racial, que para los nazis tiene una justificación científica”, afirma Ingrao. “El nazismo distorsiona a través de la emoción la manera en que los individuos y los grupos perciben el mundo”.

Este planteamiento de la interiorización puede ser suficiente para explicarnos la pertenencia de estos académicos a los cuerpos represores del Estado, pero se queda algo estrecho a la hora de tratar de comprender como estos intelectuales comprometidos participaron, entusiastamente en muchos casos, en los Einsatzgruppen, los “comandos de ejecución” que se dedicaron a asesinar en los países de Europa del Este a más de 1.400.000 judíos, oficiales, comisarios políticos, soldados, intelectuales, patriotas, gitanos... Para Ingrao eso se explica por una necesidad desesperada de creer en su nación surgida de la humillante e inesperada derrota de 1918 y el subsiguiente maltrato recibido en el Tratado de Versalles. “Estos hombres eran niños y adolescentes durante la Primera Guerra Mundial, y sufren entonces una experiencia sumamente traumática, el resurgimiento de la muerte de masas a niveles nunca vistos desde la Peste Negra del siglo XIV. De los 3000 muertos diarios, 1700 eran alemanes”, asegura el historiador.

Pero además del drama mortal, Alemania perdió la guerra, lo que provocó el cuestionamiento de la existencia misma de la nación a nivel político e incluso físico. “Alemania se vio abrumaba por un sentimiento de angustia colectiva y muerte inminente que, analizado y dotado de sentido por el nazismo, asume de una manera suficientemente convincente para que una gran cantidad de intelectuales se impliquen de una manera convencida”. Según el historiador, una de las claves del triunfo del nazismo es que “ha asumido la herida narcisista de la Gran Guerra y la ha explicado, transformando la angustia en una utopía política cuyos principales clientes son estos intelectuales acostumbrados a las emociones intensas. Pasan de una emoción muy oscura que es la angustia, a un fervor cuasi religioso. Por eso cuando tienes un intelectual que interioriza ese nazismo, cree en él con todas sus fuerzas, con toda su alma y con todo su cuerpo”.


Y aquí es donde entra en juego la segunda parte de la propuesta de Ingrao, el destruir, que nace de la lógica racial nazi de suponer que la raza que no lucha y vence, perece, lo que explica la lógica apocalíptica adoptada por la Segunda Guerra Mundial. “En el nazismo el creer y el destruir están imbricados. El creer es creer en la voluntad de destrucción del otro para con uno mismo. El imaginario de la destrucción consiste en imaginar que te van a destruir a ti y actuar primero”. Por eso la violencia, primero como deportación, luego como asesinato y después como exterminio, estaba justificada e incluso era necesaria para la salvación de Alemania. En este contexto nace el ideario de la “Conquista del Este” llevada a cabo por los Einsatzgruppen, el plan para germanizar los territorios existentes hasta los Urales, el Cáucaso y las llanuras del Caspio con población alemana, lo que supondría el exterminio o deportación de unos 50 millones de personas. “El nazismo también fue un proyecto político que, por la dimensión imperial de la conquista del espacio vital, se otorga la idea de fundar un imperio que sea milenario en el cual una nueva sociedad podrá organizarse y el fermento de conflictos que existe en todas las sociedades quedará eliminado para siempre”, recuerda Ingrao.

No obstante, a pesar de estos sueños megalómanos y a sus perversos medios de ejecución, Ingrao no considera que estos intelectuales fueran unos fanáticos, sino que eran hombres muy comprometidos emocionalmente, y “dispuestos a hacer inmensas concesiones y sacrificios para no renunciar a la creencia”. Un punto de vista que contrasta con el resultado final. Como sabemos, la guerra termino de nuevo con derrota alemana, un hecho que divide profundamente a los dignatarios nazis. Como recuerda el historiador, “en lo que respecta a la primera generación, los que han vivido como adultos la derrota de la Primera Guerra Mundial y viven en el 45 una segunda derrota, la mayoría prefieren renunciar a la vida antes que enfrentarse a la realidad”. Pero no ocurre lo mismo con estos intelectuales de grado intermedio, en muchos casos con las manos mucho más manchadas de sangre que los jerarcas más conocidos. “La segunda generación de dirigentes nazis no decide lo mismo. Son asesinos, y en ese sentido sí se han comportado como fanáticos, pero al final en los últimos meses de la guerra toman la decisión fundamental de decidir sobrevivir e intentar adaptarse al mundo tal y como pudiera plantearse”, recuerda Ingrao.

Eso sí, en ellos no hay el menor signo de arrepentimiento y en un principio ni siquiera de renuncia al nazismo. “Siguen siendo nazis, porque el nazismo no muere en mayo del 45. En realidad, comienza a morir en el invierno del 46, cuando los aliados toman la decisión bastante increíble de alimentar a las poblaciones alemanas, a menudo a costa del sacrificio de sus propias poblaciones”. Muchos de estos hombres se libraron de ser detenidos o tardaron en comparecer ante un juez, pero en la gran mayoría de los casos expresaron más justificaciones que arrepentimiento, echando definitivamente por tierra el estereotipo de burócrata nazi defendido en La banalidad del mal por Hannah Arendt (de hecho, se asegura que el propio Eichmann fingió y la filósofa mordió el anzuelo). “Ese arrepentimiento supondría aceptar que lo que habían hecho era moralmente condenable. Todas las respuestas que dan esos hombres son estrategias de huida o de escape, porque ninguno de ellos estará convencido de que lo que ha hecho era condenable moralmente”, afirma tajante Ingrao. "Lo que hicieron fue tan bestia y transgresor que, si hubieran aceptado ese condicionamiento moral de lo que habían hecho, se hubiesen visto en la obligación de suicidarse. Y eso sería ya ciencia ficción”.

quinta-feira, 15 de junho de 2017

Neoliberalismo Frankenstein: las contradicciones de un país de laboratorio

Verónica Tapia y Fernando de la Cuadra
El Mostrador

En lo que va corrido del año, nos hemos habituado a ver y escuchar noticias sobre las recurrentes “catástrofes naturales” que asolan al país. No se vislumbra por parte de las autoridades una planificación que permita anticiparse a las consecuencias provocadas por las inclemencias meteorológicas o de cualquier otro tipo de eventos y emergencias que nos afectan desde tiempos remotos. En el norte las lluvias y las inundaciones causadas por el invierno altiplánico se vienen repitiendo en forma de tragedias con una frecuencia cada vez más pronunciada. Los incendios forestales que asolaron la región centro sur durante este verano no hicieron más que comprobar la incapacidad existente para prevenir los desastres derivados de un modelo predador que está secando las napas subterráneas como resultado del monocultivo forestal. En Santiago, los aluviones que se dejan caer sobre la ciudad generan regularmente no solo la inundación de calles y zonas habitacionales, sino que además causan el colapso de las plantas de tratamiento de aguas ubicadas en la pre-cordillera dejando a una parte significativa de los ciudadanos sin este vital elemento.

La misma ciudad que padece estas catástrofes, es aquella que emerge como un modelo de modernidad y abertura hacia el mundo global. Tenemos la torre más alta de América Latina (en un país de permanentes movimientos telúricos) y una red de construcciones en altura localizadas en una de las comunas con el suelo más caro de Chile, la Avenida Providencia, que en su extensión hacia las Condes y Vitacura es adornada por parques, librerías, cafés y tiendas que apelan a un consumo exclusivo y de lujo. ¿Cómo entender esta maraña? ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? ¿En que nos ayuda pensar estos y otros hechos similares poniendo atención a los espacios, los lugares y los territorios concretos?

La generación nacida en dictadura ha crecido escuchando la canción del Chile laboratorio, del Chile experimento o del “tigre” de América del sur. Una canción que habla de un país/caso paradigmático de implementación de políticas neoliberales a fuerza de represión y miedo, de fundamentalismo autoritario y de continuismo tutelado por los poderes fácticos. Un análisis claro, preciso y cerrado, que ayuda a desarrollar argumentos fáciles, pero que a la larga dificulta un debate más profundo y necesario ad portas de las próximas elecciones y en el marco de iniciativas como la reforma laboral, previsional y educacional que tienen en común la puesta en cuestión –o no- de los parámetros establecidos en áreas claves del país.

¿Cómo pensar-pensarnos entonces? Tenemos por una parte esta imagen de un laboratorio limpio, pulcro, ordenado y aséptico, donde científicos con sus delantales blancos y antiparras desarrollan la fórmula de desarrollo en base a la mercantilización de todas las áreas posibles de nuestras existencias, la reducción máxima del Estado y verdadera libertad a las individualidades. Un modelo que consagra el concurso de expertos para definir las políticas públicas, pues en ellos radica el conocimiento técnico necesario para promover aquellas acciones que son más eficaces y eficientes para resolver los problemas de cada persona, de Doña Juanita. Guste o no guste, exitoso o no exitoso, bueno, malo o más o menos, Chile parece ser un experimento acabado.

Situémonos ahora en el taller del doctor Frankenstein, incluido el líquido amniótico, los artilugios mecánicos, mesa de operaciones y restos humanos; mil y un intentos después el pre científico y pro alquimista logra algo parecido a la reconstitución de una vida humana. Hay un logro por cierto, pero nada parecido a una fórmula o ecuación que asegure que el experimento funcione nuevamente y de la misma manera. Lejos de ello, un juego de ensayo y error con consecuencias inauditas que perseguirá al doctor hasta su ocaso, una crisis constante ante esta creación configurada por retazos orgánicos de distintas procedencias, resultados inesperados y eternos intentos de lograr algún grado de estabilidad en este experimento de razón incoherente.

Pensamos que esta última imagen tiene más relación con nuestro país que aquella que nos exalta como el mejor vecino del barrio, lo cual permite configurar un panorama más real para intentar pensar alternativas. A veces -lamentablemente sólo a veces- la academia logra proponer conceptos que nos permiten entender estas dinámicas que son parte de nuestra vida cotidiana, pero que no tenemos tiempo ni la suficiente perspectiva para poder desentrañarlas. David Harvey, Neil Brenner, Jamie Peck y Nik Theodore son una excepción y nos invitan a pensar desde la dimensión espacial.

Básicamente proponen leer el neoliberalismo en clave de procesos, movimientos y geografías, denotando el flaco favor de entenderlo como una cuestión acabada y finiquitada, el mentado experimento aséptico de nuestra primera imagen. Más que neoliberalismo se trata entonces de procesos de neoliberalización, es decir, intentos parcialmente exitosos de imponer la disciplina de mercado como principio social básico, la catalaxia como una fuente de organización del mundo, la competencia como impulso dinamizador derivada de la “naturaleza” racionalmente egoísta de los seres humanos. Estos intentos no se deben entender de manera aislada de los espacios en donde se implementan, por lo que para entender la reestructuración neoliberal de nuestro país es preciso considerar los diversos marcos institucionales y sociales heredados que -a pesar de la brutalidad dictatorial- no desaparecen totalmente, sino que se mezclan, fusionan, tensan y se transforman con los elementos de la doctrina neoliberal.

Entendido de esta manera, Chile está lejos de ganarse el premio al “mejor laboratorio neoliberal” aclamado y pasible de ser imitado urbi et orbi. Más bien podríamos postular a ser uno de los “Frankenstein neoliberales destacados”. Es que el neoliberalismo nunca se presenta de forma pura, como una unidad coherente, monolítica, exclusiva y exhaustiva. Por el contrario, son procesos abigarrados e híbridos, imposibilitados de articulación de modo completo, más bien se trata de dinámicas en continua reformulación ancladas a espacios y herencias que los constituyen. Es una especie de colcha de retazos que tiene su impronta en la formación fraccionada de una multiplicidad de actores que buscan su lugar al sol, su espacio de inserción en una sociedad que los excluye cotidianamente, no solamente como consumidores sino que sobre todo como ciudadanos con derechos. Derecho a un trabajo estable, a servicios básicos de calidad, a la movilidad urbana, a respirar un aire descontaminado, a una vivienda digna, a un barrio que sea un lugar de acogida y sociabilidad, a espacios públicos de esparcimiento y saludable convivencia, en definitiva, es el derecho a una vida digna.

De ahí la relevancia de mirar los espacios concretos donde estos procesos ocurren y en ese sentido la dimensión territorial no es un mero contexto o un escenario, sino que es parte fundamental de la sociabilidad construida y enraizada en la acción incesante de colectivos humanos. Así, los análisis que parten de una mirada exitista y petrificada del caso chileno no nos permiten explorar estos temas y pensar en las posibles alternativas para construir un país más justo e inclusivo. Se requiere cuestionar la noción de fórmula promovida por la doctrina neoliberal y prestar atención a cómo la imposición de la disciplina de mercado se articula con contextos locales específicos, entre ellos, las ciudades y territorios no metropolitanos.

Si lo miramos así, el contraste entre los años de bonanza del salmón y los millares de peces muertos, la expansión frutícola y la contaminación de poblaciones y acuíferos con agro tóxicos, las exportaciones de celulosa y los incendios descontrolados no son meros accidentes, no son la excepción. Parte del Santiago metropolitano y global son también sus rupturas y desordenes de barrios cortados en dos por carreteras concesionadas, de viajes cotidianos de cuatro horas al trabajo. El agro tecnificado del valle central, las rutas del vino “a la toscana” son también sus temporeras viviendo en containers o en poblados rurales surgidos espontáneamente en el entorno de las agroindustrias. Son las aldeas y pueblos desperdigados por este Chile adentro (como Alto Hospicio, Los Álamos o Santa Olga), que luchan por sobrevivir en una nación que los desprecia y los esconde bajo el tapete. De ahí la necesidad de mirar más allá de la bendita/maldita fórmula neoliberal, sino que palpar –aunque nos espante- nuestras suturas mal hechas.

segunda-feira, 5 de junho de 2017

Los dueños de la ciencia

Viviana Martinovich
Revista Anfibia


"El mundo no necesita más revistas científicas industrializadas, sino modelos productivos alternativos, más equitativos, igualitarios y colaborativos, que revaloricen nuestras formas de hacer ciencia. Las revistas científicas, al igual que cualquier otro medio de comunicación, pueden responder a modelos más igualitarios, contextualizados, plurales e inclusivos de producir, publicar y distribuir conocimientos científicos."

Quién legitima la ciencia

“Las editoriales científicas hacen que Murdoch parezca socialista” ironizaba hace poco un artículo de The Guardian. Es que muchas revistas dependen de las industrias: así, no predominan los parámetros científicos sino los intereses económicos. En América Latina, las prácticas abusivas de las editoriales no son problematizadas: se desconoce, por ejemplo, que miles de investigadores a nivel mundial –desde el MIT a Cambridge junto a medios como The New York Times- firmaron un boicot contra la compañía Elsevier. En cambio, está instalado que la única opción para validar hallazgos es publicar en revistas "famosas" como Nature, dice la especialista Viviana Martinovich. ¿Cómo circula en verdad el conocimiento científico?

En América Latina se editan más de 17.000 revistas científicas y técnicas, pero solo 750 lograron ingresar a las bases de datos internacionales por las que circulan revistas como Nature o Science, editadas por la gran industria editorial. Si hiciéramos una analogía con los premios Óscar, podríamos decir que hay n grupo de revistas latinoamericanas que, por mérito propio, año tras año transitan por la tan renombrada alfombra roja, pero no pertenecen a Warner, Fox, Universal o Paramount. Imaginemos por un momento dónde se concentraría la atención de la prensa internacional, incluso la de los enviados especiales de los países latinoamericanos, ¿en quienes participan de las películas más taquilleras del planeta o en quienes integran los proyectos realizados por fuera de la industria y, por si esto fuera poco, generados en países “tercermundistas”?

En Argentina, desde ciertas áreas de conocimiento consideran que la única opción para validar sus hallazgos y entrar en diálogo con la ciencia internacional es acceder a la alfombra roja pero como figuras de Warner o de Fox, es decir, publicando en revistas como Nature o Cell. Y este argumento ya está tan instalado, que es ponderado por funcionarios gubernamentales, periodistas, estudiantes, investigadores y bibliotecarios, como una verdad incuestionable. Sin embargo, aunque sus hallazgos sean considerados válidos y lo suficientemente novedosos por alguna de las revistas de la gran industria, y los autores paguen entre U$ 3.000 y U$ 5.000 dólares en calidad de article processing charge (APC) para la edición y publicación de sus trabajos, no recibirán la atención de los flashes, porque no pertenecen a la gran maquinaria industrial. Es muy recomendable la nota del doctor Randy Schekman, Premio Nobel en Medicina, en la que revela el devastador efecto que provocan en la ciencia las prácticas de revistas como Nature, Cell o Science. No se trata solo del glamour: los grandes intereses económicos detrás de esos flashes y micrófonos responden a la misma maquinaria que necesita retroalimentarse para seguir funcionando.

En el otro extremo del espectro, desde otras áreas de conocimiento consideran que las bases de datos internacionales condicionan y limitan lo que se publica. Como si las revistas, solo por atravesar la alfombra roja no pudieran publicar estudios que muestren, por ejemplo, los daños que producen los agroquímicos o mantener una línea editorial crítica respecto de prácticas nocivas de las industrias. Y esto es confundir el modelo de financiamiento con la distribución. Si el modelo de financiamiento de una revista depende del sector industrial, es muy probable que no publique determinados estudios, y, si lo hace, es factible que engrosen la lista de artículos “retractados”. En cambio, si la revista no depende de las industrias, es más probable que los parámetros científicos predominen por sobre los intereses económicos. Pero la distribución responde a otra lógica.

Desde hace más de un siglo que el contenido publicado por las revistas científicas se distribuye a través de “índices de resúmenes”. Lo que en un inicio eran catálogos o index impresos, hoy son grandes bases de datos con más de 60 millones de registros. Si bien las revistas no pagan para ser distribuidas, un alto porcentaje de los países del planeta abonan grandes sumas de dinero para que los investigadores puedan acceder a ese contenido. Por lo tanto, el negocio de las bases de datos es alcanzar récords de taquilla, no definir el guión de lo que distribuyen. De hecho, no hay personas leyendo el contenido, sino autómatas que leen metadatos y los procesan a gran velocidad dentro de complejos sistemas de información. Por eso hoy, para transitar por la alfombra roja, no alcanza con que una revista sea científicamente consistente para los humanos: necesita que su contenido pueda ser leído por máquinas.

¿Es posible analizar la industria editorial científica con parámetros de la industria cinematográfica? Muchos podrán considerarlo una herejía, bajo el presupuesto de que estamos hablando de ciencia y, por lo tanto, deberíamos regirnos por las reglas de juego del campo científico. Sin embargo, no estamos hablando de ciencia sino del monopolio de su distribución, en el que participan compañías como Thomson Reuters, una de las mayores concentradoras y distribuidoras de información no solo científica sino financiera a nivel mundial, que en 2016 obtuvo ingresos por 11.166 millones de dólares; o RELX Group (anteriormente denominada Reed Elsevier), que engloba una serie de marcas asociadas como Elsevier, Scopus, ScienceDirect, LexisNexis-Risk Solutions, BankersAccuity, entre otras, que reportó un volumen de ingresos en 2016 de 8.412 millones de euros. Para los grupos accionarios de estas compañías, la ciencia forma parte de un negocio altamente rentable. Su objetivo no sería mejorar las condiciones de vida de la humanidad, ni el “progreso” de la ciencia, sino aumentar su producción y su rentabilidad anual y, por lo tanto, deberían ser analizadas dentro de la lógica productiva del sector industrial y no del campo científico. Tal como ironiza George Monbiot, columnista de The Guardian: “Las editoriales científicas hacen que Murdoch parezca socialista”.

Pero más allá de los intereses en juego, la industria editorial, a diferencia de la cinematográfica, debe disputar la legitimidad de un capital simbólico como es la “calidad científica” y, por lo tanto, debe ocultar cualquier vinculación con intereses económicos: es necesario que las ganancias se visualicen como logros de la ciencia y no como mera acumulación de capital, lo cual requiere un tipo de enunciación, una construcción discursiva que acompañe.

Como en Argentina y en muchos otros países de América Latina, las prácticas abusivas de la industria editorial no son un tema problematizado, se desconoce, por ejemplo, que más de 16.000 investigadores a nivel mundial han firmado públicamente el boycot a la compañía Elsevier iniciado por un grupo de matemáticos de Cambridge, del MIT, de Chicago, de California, de París 7, entre otras tantas universidades, y que periódicos como The Guardian, El País, Le Monde, The Washington Post, The New York Times, suelen ser eco de posiciones muy críticas respecto de la gran industria editorial científica. Es como si muchos investigadores de Latinoamérica siguieran aplaudiendo una obra que ya no está en cartel: siguen considerando que publicar en revistas de Elsevier es el mayor logro al que puedan aspirar, aunque sus prácticas abusivas hayan sido denunciadas por la propia comunidad académica internacional.

Pero la mercantilización de la ciencia no es el único modelo posible. En los últimos años del siglo XX surge un movimiento internacional que propone nuevas maneras de entender la comunicación científica; cuestiona el concepto de “propiedad” de la ciencia y, por lo tanto, su forma de comercialización; entiende que los conocimientos financiados con recursos públicos deben estar disponibles para la sociedad que financia las investigaciones. Esto coloca en el centro de la discusión la desigualdad en el acceso a la información científica, en clara oposición al modelo cerrado de distribución consolidado por el sector industrializado. Así nace el movimiento de “acceso abierto”, que instala la discusión política al interior de un campo científico que se presenta a sí mismo como un escenario neutral, despojado de intereses y conflictos de poder. En este sentido, es interesante recuperar a Chantal Mouffe, quien plantea que la negación de esos intereses y de la conflictividad propia de las relaciones sociales coloca a la política en un terreno neutral en el que no se cuestiona la hegemonía dominante.

Los principios del acceso abierto tienen la potencialidad de restituir esa conflictividad, de revertir las asimetrías, ampliar los límites y apostar a otra “geografía de la ciencia” como menciona Jean Claude Guédon. Pero este movimiento entendió que para cambiar de manera radical el escenario, no se trataba solo de enfrentar desde lo discursivo al poder económico: había que desarrollar sistemas integrados, protocolos de distribución electrónica, programas de código abierto, licencias de uso de los contenidos, es decir, todo un andamiaje que le permitiera al sector no industrializado mejorar sus estándares de gestión, publicación y distribución de contenidos para cobrar mayor visibilidad. De la mano de la cultura del software libre, las licencias Creative Commons y el proyecto Public Knowledge Project (PKP) que impulsaron Richard Stallman, Jimmy Wales, Aaron Swartz, Lawrence Lessig, John Willinsky, Brian Owen, Juan Pablo Alperin entre tantos otros, se crearon las condiciones para que las revistas científicas latinoamericanas tuvieran acceso a estándares tecnológicos internacionales.

Pero la realidad es que, si bien estamos ante una situación privilegiada al contar con la posibilidad de acceder a poderosos recursos tecnológicos, paradójicamente, la capacidad de apropiación de la tecnología disponible es muy baja, dado que requiere del aprendizaje de nuevos lenguajes: ya no solo es necesario editar el texto que leen los humanos sino que además es necesario comprender y editar el lenguaje destinado a las máquinas, encargadas de automatizar diversos procesos, entre ellos, la distribución de contenidos científicos. Si bien este nuevo interlocutor permite la integración de los contenidos a sistemas globales de información, por su propia complejidad, nos enfrenta de nuevo a un potencial aumento de las asimetrías, y eleva la brecha entre las revistas industrializadas y las que se editan por fuera de la industria. Y esta brecha no es solo tecnológica.

El cine argentino logró crecer y consolidarse gracias a la existencia de un fondo de fomento que hoy está en peligro. En el caso del sector editorial científico, el financiamiento estatal para pagar costos de publicación va a parar, en su gran mayoría, a la gran industria editorial internacional. Es como si el Estado argentino se dedicara a financiar el cine de Hollywood, en vez de impulsar la industria local, lo cual sería un absurdo, pero es lo que ocurre hoy en el campo editorial científico. Y esto se debe, además, a la baja inversión en investigación y desarrollo tanto estatal como privada, lo que desfinancia aún más la etapa final del proceso de publicación y distribución de resultados y no permite el surgimiento de un sector editorial especializado.

Los procesos editoriales en soporte electrónico cambiaron radicalmente en los últimos cinco años. La integración de sistemas antes desarticulados generó estándares más complejos que aumentaron los costos de edición. Para editar revistas que respondan a las necesidades de todas las áreas de conocimiento es necesario invertir en esquemas innovadores de producción, en nuevas formas de visualización y distribución de contenidos, para lo cual es indispensable la integración de conocimientos informático-editoriales.

Sin embargo, entendemos que para pensar de forma crítica el campo editorial científico no podemos asumir que solo con la incorporación de avances tecnológicos o con la promulgación de leyes podremos modificar prácticas instaladas culturalmente. La ciencia es una práctica humana y, por lo tanto, social, cuya agenda debe ser pensada en esos términos. Por eso proponemos la noción de “práctica editorial contextualizada” para discutir en términos políticos las formas de crear y socializar los conocimientos científicos y dejar de reproducir enunciados que se instalan y se repiten sin cuestionamientos. Como menciona Oswald Ducrot: “nuestras palabras son en gran parte la simple reproducción de discursos ya escuchados o leídos”. Pero reproducir discursos acríticamente es vaciar de sentido nuestro relato.

La realidad es que el mundo no necesita más revistas científicas industrializadas, sino modelos productivos alternativos, más equitativos, igualitarios y colaborativos, que revaloricen nuestras formas de hacer ciencia. Y para integrar esos contenidos al mundo necesitamos implementar nuevos estándares tecnológicos que potencien la distribución y el ingreso a los sistemas internacionales de evaluación de la producción académica.

La pregunta que deberíamos intentar responder es ¿cómo entrar en diálogo con la ciencia internacional sin perder identidad? El mundo necesita que se abran nuevos espacios para que dialoguen otras voces y no seguir concentrando un relato único que reproduzca los intereses de sectores altamente concentrados. Las revistas científicas, al igual que cualquier otro medio de comunicación, pueden responder a modelos más igualitarios, contextualizados, plurales e inclusivos de producir, publicar y distribuir conocimientos científicos.