quinta-feira, 1 de março de 2018

Geopolítica del siglo XXI: volatilidad por todos lados

Immanuel Wallerstein
La Jornada

Puede argüirse que el ámbito más fluido en el sistema-mundo moderno, que está en crisis estructural, es el geopolítico. Ningún país está cercano a dominar este ámbito. La última potencia hegemónica, Estados Unidos, ya lleva tiempo actuando como un gigante incapaz. Tiene poder para destruir pero no para controlar la situación. Sigue proclamando reglas que espera que otros sigan, pero puede ser, y es, ignorado. Hay ahora una larga lista de países que se consideran listos para desempeñarse de maneras específicas pese a las presiones de otros países. Una mirada por todo el globo confirmará puntualmente la incapacidad de Estados Unidos para imponer sus modos.

Los dos países que además de Estados Unidos tienen el poderío militar más fuerte son Rusia y China. Alguna vez se movían con cuidado para evitar la reprimenda de Estados Unidos. La retórica de la guerra fría hablaba de dos campos geopolíticos en competencia. La realidad era otra cosa. La retórica simplemente enmascaraba la efectividad relativa de la hegemonía estadunidense. Ahora, virtualmente es lo contrario. Estados Unidos tiene que moverse con cuidado vis-à-vis Rusia y China para evitar perder la capacidad de obtener su cooperación en las prioridades geopolíticas de Estados Unidos.

Miremos a los así llamados aliados más fuertes de Estados Unidos. Podemos enredarnos discutiendo quién es el aliado más cercano, o ha sido ya por largo tiempo. Escojan entre Gran Bretaña e Israel o aun, algunos dirían, Arabia Saudita. O hagamos una lista de los que alguna vez han sido socios confiables de Estados Unidos, como Japón y Corea del Sur, Canadá, Brasil y Alemania. Llamémosles los números dos. Ahora revisemos el proceder de todos estos países en los 20 años pasados. Digo veinte porque la nueva realidad precede al régimen de Donald Trump, pese a que sin duda él ha sido quien ha empeorado la habilidad de Estados Unidos para imponer sus modos.

Miremos la situación en la península de Corea. Estados Unidos quiere que Corea del Norte renuncie a su armamento nuclear. Este es un objetivo que Estados Unidos ha repetido con regularidad. Fue cierto cuando Bush y Obama fueron presidentes. Ha continuado siendo cierto con Trump. La diferencia es el modo de conseguir este objetivo. Previamente, las acciones estadunidenses utilizaban cierto grado de diplomacia además de las sanciones. Esto reflejaba el entendimiento de que demasiadas amenazas públicas de Estados Unidos terminaban siendo contraproducentes. Trump cree lo opuesto. Considera las amenazas públicas como el arma básica de su arsenal.

No obstante, Trump tiene días diferentes. En el día uno amenaza a Norcorea con devastación. Pero el día dos hace que su objetivo primordial sean Japón y Corea del Sur. Trump dice que le proporcionan insuficiente respaldo financiero para los costos derivados de una continua presencia estadunidense armada ahí. Así que entre el ir y venir de las dos posturas estadunidenses, ni Japón ni Corea del Sur terminan estando seguros de estar protegidos.

Japón y Corea del Sur han lidiado con sus temores e incertidumbres en modos opuestos. El actual régimen japonés busca asegurar las garantías estadunidenses ofreciendo un respaldo público total a las (cambiantes) tácticas estadunidenses. Confía, por tanto, en complacer a Estados Unidos lo suficiente como para recibir las garantías que quiere obtener.

El actual régimen sudcoreano utiliza una táctica bastante diferente. Emprende de modo muy abierto relaciones más cercanas con Norcorea, lo cual en gran medida va contra los deseos de Estados Unidos. Con esto confía complacer al régimen norcoreano lo suficiente como para que Pyongyang responda accediendo a no escalar el conflicto.

Que cualquiera de estas aproximaciones tácticas estabilicen la posición estadunidense es totalmente incierto. Lo seguro es que Washington no está en posición de mando. Tanto Japón como Corea del Sur están buscando obtener calladamente armas nucleares para fortalecer su posición dado que no pueden saber qué traerá el siguiente día en el frente estadunidense. La volatilidad de la postura estadunidense debilita aún más su poderío debido a las reacciones que genera.

O tomemos la más enredosa situación del llamado mundo islámico del Magreb a Indonesia, y en particular en Siria. Cada una de las potencias importantes de la región (o que lidian con la región) tiene un diferente enemigo primordial (o enemigos). Para Arabia Saudita e Israel, por el momento es Irán. Para Irán es Estados Unidos. Para Egipto es la Hermandad Musulmana. Para Turquía son los kurdos. Para el régimen iraquí, son los sunníes. Para Italia es Al Qaeda, que está haciendo imposible controlar el flujo de migrantes. Y así seguimos.

¿Y para Estados Unidos? Quién sabe. Ése es el miedo protuberante para todo el resto. Al momento Estados Unidos parece tener dos prioridades bastante diferentes. El día uno, es la aquiescencia norcoreana hacia los imperativos estadunidenses. El día dos es finiquitar su involucramiento en la región del este asiático, o por lo menos reducir sus desembolsos financieros. El resultado es más y más oscuro.

Podemos trazar retratos semejantes para otras regiones o subregiones del mundo. La lección clave es que a la decadencia de Estados Unidos no le ha seguido el advenimiento de otro hegemón. La situación se pliega en un zigzaguear general y caótico, la volatilidad o inestabilidad de la que hablamos.

Este, por supuesto, es el mayor peligro. Los accidentes nucleares, o los errores, o la locura, se vuelven de repente lo que priva en la mente de todos, especialmente entre las fuerzas armadas del mundo. Cómo lidiar con este peligro es el debate geopolítico más significativo a corto plazo.

terça-feira, 20 de fevereiro de 2018

Las tecnologías de la información y la amenaza a la democracia

Kofi Annan
Project Syndicate

Las redes sociales pueden ser el comienzo de un camino hacia un mundo orwelliano controlado por el «Big Data». Algunos regímenes autoritarios ya están organizando los desarrollos tecnológicos para ejercer control a una escala sin precedentes.

En su momento, Internet y las redes sociales fueron aclamadas como herramientas que crearían nuevas oportunidades de difundir la democracia y la libertad. De hecho, Twitter, Facebook y otras redes sociales tuvieron un papel clave en los levantamientos populares de Irán en 2009, el mundo árabe en 2011 y Ucrania en 2013‑2014. Parecía por momentos que el tuit podía más que la espada.

Pero pronto los regímenes autoritarios comenzaron a reprimir la libertad en Internet: tenían miedo del nuevo mundo digital, porque estaba fuera del alcance de sus mecanismos de seguridad analógicos. Esos temores resultaron infundados. Finalmente, la mayoría de los levantamientos populares motorizados por las redes sociales fracasaron por falta de liderazgo eficaz, y las organizaciones políticas y militares tradicionales retuvieron el poder.

Estos regímenes incluso han comenzado a usar las redes sociales para sus propios fines. Todos hemos oído acusaciones de que Rusia usó encubiertamente las redes sociales para influir en los resultados de las elecciones en Ucrania, Francia, Alemania y, el hecho más conocido, en los Estados Unidos. Facebook calcula que el contenido publicado por Rusia en su red, incluidos comentarios y anuncios pagos, llegó a 126 millones de estadounidenses (cerca del 40% de la población).

Hay que recordar que antes Rusia acusó a Occidente de promover las «revoluciones de colores» en Ucrania y Georgia. Parece que Internet y las redes sociales ofrecen otro campo de batalla para la manipulación subrepticia de la opinión pública.

Si ni siquiera los países más avanzados en tecnología pueden proteger la integridad del proceso electoral, ¿qué decir de los desafíos que enfrentan los países con menos conocimiento técnico? Es decir, la amenaza es global. A falta de hechos y datos, la mera posibilidad de manipulación alimenta teorías conspirativas y debilita la fe en la democracia y en las elecciones, en un momento en que la confianza pública ya se encuentra deprimida.

Las «cámaras de eco» ideológicas generadas por las redes sociales agravan los sesgos naturales de las personas y reducen las oportunidades de sano debate. Esto tiene efectos reales, porque fomenta la polarización política y erosiona la capacidad de los líderes para forjar acuerdos, base de la estabilidad democrática. Asimismo, el discurso del odio, los llamamientos terroristas y el hostigamiento racial y sexual, que se han instalado en Internet, pueden llevar a violencia en la vida real.

Pero las redes sociales no son el primer caso de una revolución de las comunicaciones que planteara desafíos a los sistemas políticos. La imprenta, la radio y la televisión fueron revolucionarias en su momento. Y todas fueron gradualmente reguladas, incluso en las democracias más liberales. Es hora de analizar cómo sujetar las redes sociales a las mismas reglas de transparencia, responsabilidad y tributación que los medios convencionales.

En Estados Unidos, un grupo de senadores presentó un proyecto de «ley de honestidad publicitaria» que extendería a las redes sociales las mismas reglas que se aplican a la prensa, la radio y la televisión. Esperan lograr su aprobación antes de la elección intermedia de 2018. En Alemania, se aprobó una nueva ley (llamada Netzwerkdurchsetzungsgesetz) que obliga a las empresas de redes sociales a eliminar comentarios violentos y noticias falsas en un plazo de 24 horas, con multas de hasta 50 millones de euros (63 millones de dólares).

Pero aunque estas medidas sean útiles, no estoy seguro de que la legislación en el nivel nacional sea un medio adecuado para regular la actividad política en Internet. Muchas naciones más pobres no podrán ofrecer esa clase de resistencia; y para todos los países será difícil hacer cumplir las normas que impongan, ya que la mayor parte de los datos se almacenan y administran fuera de sus jurisdicciones.

Más allá de la necesidad o no de nuevas reglas internacionales, debemos procurar que el intento de contener los excesos no ponga en riesgo el derecho fundamental a la libertad de expresión. Las sociedades abiertas deben evitar una reacción exagerada que pudiera debilitar las libertades mismas de las que deriva su legitimidad.

Pero tampoco podemos quedarnos de brazos cruzados. Unos pocos grandes jugadores, en Silicon Valley y otras partes, tienen nuestro destino en sus manos; pero con su cooperación, podemos encarar las falencias del sistema actual.

En 2012, convoqué una Comisión Global sobre las Elecciones, la Democracia y la Seguridad, para la identificación y el abordaje de los retos que afectan la integridad de las elecciones y la promoción de procesos electorales legítimos. Sólo las elecciones que el conjunto de la población acepta como justas y creíbles pueden llevar a una alternancia de gobierno pacífica y democrática que confiera legitimidad al vencedor y protección al perdedor.

Bajo los auspicios de la Fundación Kofi Annan, me dispongo a convocar una nueva comisión (que esta vez incluirá a los cerebros de las redes sociales y de la tecnología de la información, y a líderes políticos) para que nos ayude a resolver estas nuevas cuestiones cruciales. Buscaremos soluciones factibles que sirvan a las democracias y protejan la integridad de las elecciones, sin dejar de aprovechar las muchas oportunidades que ofrecen las nuevas tecnologías. Publicaremos recomendaciones que, esperamos, aliviarán las tensiones disruptivas creadas entre los avances tecnológicos y uno de los logros más grandes de la humanidad: la democracia.

La tecnología no se detiene, y tampoco debe hacerlo la democracia. Tenemos que actuar pronto, porque los avances digitales pueden ser sólo el comienzo de una tendencia irrefrenable hacia un mundo orwelliano controlado por un Gran Hermano, en el que millones de sensores en teléfonos inteligentes y otros dispositivos reúnan nuestros datos y nos hagan vulnerables a la manipulación.

¿A quién corresponde la propiedad de los abundantes datos que recogen nuestros teléfonos y relojes? ¿Cómo deben usarse? ¿Debe su uso supeditarse a nuestro consentimiento? ¿A quién deben rendir cuentas aquellos que los usen? Son grandes preguntas de las que depende el futuro de la libertad.

sábado, 17 de fevereiro de 2018

Para reconstruir un país sumergido en sus miedos

Fernando de la Cuadra
Rebelión

Mientras los medios de comunicación bombardeaban con imágenes del carnaval, viaductos y puentes se desmoronaban por falta de manutención [1], lluvias inundaban villas y aldeas, deslizamientos de tierra sepultaban a poblaciones enteras. Los hospitales colapsaron por los casos de malaria, fiebre amarilla, dengue, zika, chikunguña y otras enfermedades provocadas por la picadura de mosquitos (Anopheles y Aedes aegypti respectivamente) en un país que tiene el triste mérito de reactivar epidemias del siglo XIX.

Junto con ello, la violencia desatada en las favelas y zonas controladas por el tráfico de drogas ha puesto en evidencia los serios problemas de seguridad pública que deben enfrentar diariamente sus habitantes. Mueren más personas en Brasil que en países en estado de guerra declarado. Este es un país que continúa sumergido en una crisis que no parece tener fin, un país que dejó de tener cualquier relevancia en el plano internacional en una caída vertiginosa hacia la penumbra de la historia.

Ni siquiera se vislumbran muchas esperanzas a partir de una renovación o cambio drástico que se pueda producir con las próximas elecciones de octubre. En un lúcido artículo, la destacada economista María da Conceicão Tavares nos recuerda que ahora es urgente iniciar una acción restauradora del Estado, pues la crisis que se arrastra en este último periodo no se resuelve por el concurso de las urnas, sino a través de una reconstrucción profunda.

El panorama es más bien sombrío, con la extrema derecha ganando apoyo entre un electorado pasivo y desorientado. Lo que parece imponerse en este momento es un miedo difuso, miedo generado por la incertidumbre de lo que va a suceder, miedo generado por las diversas amenazas que enfrenta el ciudadano: temor a perder el trabajo y los derechos laborales, a ser asaltado en cualquier momento, a enfermarse y no tener las mínimas condiciones de acudir a un centro de salud para obtener asistencia, a quedarse desamparado ante cualquier catástrofe natural o económica, a morir de abandono y desolación. El miedo es la palabra de orden en el Brasil actual.

Estos miedos están siendo explotados por los propagandistas de la extrema derecha, difundiendo la falacia de que solo un gobierno militar o de “mano fuerte” es capaz de sacar al país de la crisis sistémica en que se encuentra. Estos apologistas del terror han venido instalando la idea de que el mundo exterior es una jungla peligrosa y que lo mejor es protegerse en el aislamiento y la vigilancia permanente, transformando las casas y edificios en verdaderas fortalezas protegidas por cercas eléctricas y alambres de púas. La idea es que las personas eviten las calles, los parques, los espacios públicos y queden libres de los peligros que acechan en la reclusión hogareña y la “seguridad” de lugares siempre vigilados.

Lo que desean estos profetas del miedo es desmovilizar a la población, mantener a la gente en su reducto familiar, desencontrarlos, que no compartan su descontento y malestar ante el estado de las cosas, ante la impudicia con que actual empresarios, políticos y jueces. Frente a este escenario es necesario resistir y buscar formas de actuación política que permitan y propongan una salida efectiva a la crisis sistémica que enfrenta el país. Es necesario una movilización activa de la ciudadanía que permita salir al país de la abulia y la pasividad al que intentan someterlo las fuerzas retrogradas.

Los jóvenes deben desempeñar un papel fundamental en este proceso de reactivación del campo democrático. Los estudiantes están llamados a movilizarse en sus escuelas, liceos y universidades, pues son ellos quienes deberían asumir la vanguardia de las luchas democratizadoras que están por venir. Solo así se podrá transformar el miedo en acción militante y liberadora, para seguir intentando urgentemente sacar al país de las trampas y mentiras colocadas por los promotores de la desigualdad, el conservadurismo y el atraso social.

Nota
[1] La inversión en infraestructura durante 2017 se limitó a un escuálido 1,4% del PIB, suma que apenas sirve para reponer el desgaste y la depreciación de las obras y equipamientos existentes.

sexta-feira, 16 de fevereiro de 2018

El siglo del control de las masas

Raúl Zibechi
La Jornada

Desde que los sectores populares desbordaron los centros de encierro y de ese modo neutralizaron las sociedades disciplinarias, el gran desorden social que sobrevino impulsó la búsqueda de nuevas formas con el fin de controlar grandes aglomeraciones humanas para, de esa manera, recuperar la capacidad de gobernarlas. Sin ello, cualquier sistema, y en particular éste basado en la explotación y la opresión, naufragarían en un caos profundo.

Desde los años que siguieron al estallido de 1968, esa búsqueda ha sido incesante. De lo que se trata es de sustituir al caducado panóptico: una herramienta capaz de controlar multitudes con la misma eficacia que el control individualizado. Las tecnologías que se han desarrollado en los últimos años, muy en particular la inteligencia artificial, van en esa dirección. No "aparecen" nuevas tecnologías que facilitan el control; se desarrollan prioritariamente aquellas que son más adecuadas para el control de grandes masas. Los resultados son estremecedores y debemos conocerlos para adquirir las capacidades necesarias para neutralizar estos dispositivos.

Las policías de los principales países, China, Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea, adoptaron las modernas tecnologías para controlar mejor a sus ciudadanos. Días atrás los medios difundieron cómo la policía china controla multitudes en las estaciones de trenes, utilizando gafas dotadas de pequeñas cámaras para la identificación facial, conectadas a la base de datos policial que les permite identificar a las personas en segundos.

Estamos hablando de grandes concentraciones humanas, lo que implica la utilización de tecnologías muy precisas y, además, la creación de una base de datos que está llegando a los mil 400 millones de personas, o sea la totalidad de la población de la nación más poblada del planeta. China ya instaló 176 millones de cámaras de seguridad, que para 2020 serán 400 millones. En las regiones más conflictivas, las bases de datos policiales incluyen escaneo de iris, ADN y fotos de caras, apretando el cerco a los disidentes.

En los países occidentales ya se puede hacer la foto de un vecino de asiento en el autobús, y en segundos conocer su identidad. Si eso pueden hacer los usuarios de iPhoneX, podemos imaginar los niveles de sofisticación que han alcanzado los servicios de seguridad del Estado.

Un aspecto que merece ser reflexionado lo propone el Centro de Derecho de la Privacidad y Tecnología de Georgetown. Álvaro Bedoya, su director, reflexiona: "Las bases de datos de ADN y huellas dactilares se conformaban con personas con antecedentes penales. Se está creando una base biométrica de gente que respeta la ley".

Los datos anteriores muestran el increíble avance del Estado para controlar a las personas, pero también las grandes empresas que cuentan con sistemas similares para "facilitar" las relaciones con sus clientes. El resultado es que estamos siendo vigilados a cielo abierto (antes sólo se podía vigilar en espacios cerrados), todo el tiempo y en todo lugar, como nunca antes en la historia de la humanidad. Es parte de la brutal concentración de poder y riqueza en los estados, que son controlados por el 1 por ciento más rico.

Es evidente que este desarrollo –producto de la neutralización y desborde de los centros de encierro y disciplina, algo que no debemos olvidar– afecta los modos y maneras de resistir y de luchar contra el sistema. En la historia, cada tipo de opresión ha sido respondida con nuevas estrategias. Me parece necesario trazar algunas reflexiones de cara al futuro.

La primera es que estamos apenas en el comienzo de formas cada vez más minuciosas de control de las poblaciones. Se está inaugurando una nueva era de control de masas, estructural, no coyuntural, que durará tanto tiempo como nos lleve a los sectores populares desbordarla o neutralizarla. La tarea primordial en este momento es identificarlas.

La segunda es que debemos aprender del pasado, en concreto de las luchas contra los centros de encierro, en particular las fábricas y las escuelas, que fueron los espacios de disciplinamiento más poblados y, por lo tanto, los más conflictivos. En rigor, no fue una lucha para apropiarse del centro de mando, el panóptico, sino para destruirlo o esquivarlo, de las maneras más insólitas pero siempre en base a la cultura popular: trabajo a desgano, usar la salida a los baños como tiempo de fuga, robarle segundos y minutos al cronómetro de la productividad, y así.

No fue una resistencia organizada desde los sindicatos o partidos, y esto es fundamental. Fueron los propios obreros y obreras, los internos de los centros de estudio y los estudiantes, los que ganaron milímetros en cada contienda, algo que los dirigentes raras veces comprendieron pero nunca orientaron. Estas culturas para sobrevivir a las opresiones, como las que relata James Scott en Los dominados y el arte de la resistencia, son poco estimadas y mal comprendidas por los que apuestan todo al marco institucional, tan vacío como inconducente.

La tercera cuestión es: los más variados modos de resistir la inteligencia artificial aplicada al control masivo de las poblaciones tendrán una característica común: el control sobre los cuerpos, nos está diciendo que esos cuerpos son y serán los campos de batalla. No desestimo los análisis, ni las ideologías. Pero los cuerpos son el núcleo de la emancipación; por lo tanto, alegrías y dolores, celebraciones y angustias, modelan las rebeldías, como nos vienen enseñando los pueblos indios y las feministas de abajo.

Puede parecer poco concreto. Lo es, sin duda. No se trata de estudiar para definir una estrategia, sino de poner en marcha acciones pequeñas y medianas, para neutralizar el control. Finalmente, la creatividad humana, que es la clave de nuestra sobrevivencia como especie, es una aventura sin certezas, con final impredecible. Sólo nos queda confiar en nuestras fuerzas colectivas y en la terca tenacidad de la vida.

terça-feira, 6 de fevereiro de 2018

A corrupção é o principal problema do Brasil?

Juliane Furno
Brasil de Fato

E se caísse um raio em Brasília e acabasse com todos os “corruptos”, amanhã teríamos um Brasil melhor? E se todo o dinheiro desviado em esquemas de corrupção fosse devolvido aos cofres públicos, teríamos educação e saúde pública de qualidade amanhã?

O Brasil teria desviado, em 2015, 69 bilhões de reais dos cofres públicos em esquemas de corrupção, segundo uma pesquisa da FIESP. Problema sete vezes maior do que a corrupção é a sonegação de impostos. Só em 2015 o Brasil deixou de arrecadar R$ 500 bilhões por sonegação de impostos. Mas a mesma mídia que sonega impostos é aquela que te diz que o problema é apenas a corrupção.

Vamos comparar com outros números. O total que o governo federal gastou em 2016 em juros e amortizações da dívida pública brasileira foi de 407 bilhões, ou seja, pouco menos do que o governo gastou no mesmo ano com a Previdência Social – 550 bi- e que ao contrário dos minoritários detentores de títulos da dívida pública, abrange milhões de brasileiros.

E porque o governo quer mexer na previdência e não nos juros da dívida? Parece uma pergunta óbvia. No entanto o seu silenciamento dos noticiários cotidianos diz muito sobre as prioridades políticas e econômicas dos donos do poder. Também em 2016 o governo gastou 84 bilhões de reais com o judiciário brasileiro, incluindo aí os super salários dos juízes que julgam, por exemplo, a corrupção. Ou seja, 15 bilhões a mais do que o desviado com corrupção no ano anterior.

Falta verba para saúde, educação e creche porque parcelas dos políticos brasileiros aprovaram uma Emenda Constitucional do “Teto dos Gastos”, por exemplo, que em 2025 terá cortado 45 milhões só na educação! Ou seja, falta dinheiro porque há uma política econômica que é aprovada por políticos que diz onde deve “faltar” recursos.

Sim, a corrupção é um problema “estrutural” brasileiro, ou seja, está nas nossas raízes históricas. Herdamos de Portugal as mazelas da colonização exploratória e também um modelo de Estado, que chamamos de patrimonialista, que, em síntese, quer dizer um Estado que diferencia muito pouco o que é público do que é privado. Essa é a origem da corrupção no país, que é agravada por diversos fatores, entre eles o financiamento privado de campanhas políticas. “Não vou votar em ninguém nessas eleições, todos são corruptos”, ouve-se por aí. E se chegar um candidato que você tem certeza que não é corrompível, será suficiente para que ele ganhe seu voto?

Você não vai querer saber qual a política econômica e social desse candidato para ampliar gastos com saúde e educação e diminuir com as despesas financeiras? Você não vai querer saber o que esse candidato fará com relação a entrega das nossas riquezas naturais para os capitalistas internacionais? Pouco importa pra você se a política de valorização do salário mínimo acabou? E finalmente, você não vai querer saber qual a proposta desse candidato para reduzir as desigualdades sociais que é o principal problema do Brasil?

Essas perguntas desaparecem sob o discurso de que só importa combater a corrupção, esvaziando a política e abrindo espaços para os supostos “técnicos” e “bons gestores”, que no fundo se aproveitam da tua ojeriza à política para fazer política apenas para a classe social deles - que certamente não é a sua. Respondendo às perguntas feitas no primeiro parágrafo. O Brasil pode até ficar livre da corrupção. Mas o problema vai persistir. O que precisa mudar é a política econômica, que faz com que o dinheiro público seja usado para favorecer apenas as elites, e não o povo brasileiro.

domingo, 21 de janeiro de 2018

Santa Olga un año después de la tragedia: Nada para conmemorar

Fernando de la Cuadra
El Desconcierto

La madrugada del 26 de enero de 2017 enormes llamaradas de fuego provenientes de diversas direcciones cubrieron la localidad de Santa Olga, devastándola casi por completo y convirtiendo a este poblado en un montón de cenizas y fierros retorcidos. Prácticamente toda la localidad se vio consumida por las llamas, en un incendio de proporciones monumentales, afectando a mil viviendas y todas las instalaciones y servicios públicos existentes, incluidos entre otros inmuebles, el liceo, el jardín infantil, la comisaria de Carabineros y el Cuartel de bomberos. Aldeas próximas a Santa Olga también fueron consumidas por el fuego en un radio de varios kilómetros de devastación total. A un año de esa tragedia, todavía se pueden apreciar los vestigios del incendio, a pesar del esfuerzo de reconstrucción de la localidad, especialmente en lo que dice relación con las viviendas y la infraestructura del lugar.

La observación en terreno permite apreciar que todavía falta mucho por hacer y el área afectada se ha transformado en un gran cantero de obras. Algunas pocas casas se encuentran habitadas por familias que regresaron al poblado, pero aún se puede observar que muchas viviendas se encuentran en proceso de construcción, las calles sin pavimentación y muchos escombros esparcidos por toda la localidad. También se pueden ver restos de árboles calcinados y vehículos quemados en algunos sectores. Una empresa de bebidas instaló unos 14 contenedores a la entrada del poblado para tratar de reestablecer el comercio local. Bajo un cartel que dice “Centro Comercial Nueva Santa Olga” se instalaron los contenedores en dos filas frente a frente, entre los cuales se abre un espacio cubierto por una enorme lona que protege a los visitantes y compradores, que en su gran mayoría son los obreros que se encuentran realizando las faenas de reconstrucción del villorrio.

Independiente de los avances que deben seguir ocurriendo en el proceso de reconstrucción de Santa Olga, no se vislumbran muchas perspectivas de que esta localidad recupere la vitalidad que tenía antes del incendio. Muchas familias se muestran reticentes a volver a un lugar que ha sido escena de varios incendios a través de su historia, desde los primeros tiempos de su formación, allá por la década del sesenta, cuando surgió como una toma de terreno realizada por los trabajadores de la Celulosa Arauco.

Un año después de la tragedia, sus habitantes han comenzado a repoblar tímidamente la aldea, en una tensión permanente entre la esperanza de que dicha localidad se pueda recuperar y las dudas sobre el destino que le depara a una localidad que apenas sobrevive con la ayuda del Estado y que no conseguirá en el futuro próximo recobrar la base productiva que le aseguraba el sustento a las familias residentes. Sin trabajo en el horizonte, no es posible reinstalar a las familias que residían en Santa Olga. Por lo menos pueden pasar 12 años para que las acciones de reforestación del área que fue destruida por el incendio pueda dar sus frutos y generar el empleo necesario para sus población.

Actualmente, el comercio local se encuentra muy afectado por la ausencia de vecinos y si dicho fenómeno no se revierte después de concluidos los trabajos de reconstrucción -y la consiguiente retirada de los trabajadores-, la tendencia es que dicho comercio no tendrá condiciones de sobreponerse a las cuantiosas pérdidas dejadas por el siniestro y todas sus secuelas en los días actuales.

En estos momentos el panorama en Santa Olga es muy incierto. Además de la Celulosa Arauco, están las plantaciones menores y los aserradores que generan parte importante del empleo en la zona. Con el riesgo de futuros incendios, existe una aprensión legitima por parte de estos agentes para retomar las inversiones en nuevas plantaciones y equipamientos. Sin actividad forestal para sustentar un proyecto de reconstrucción económica, de infraestructura y de servicios en Santa Olga y sus alrededores, el escenario se presenta muy precario para sus habitantes. Pienso que muchos decidirán radicarse definitivamente en Constitución, ciudad en la cual pueden emprender una nueva vida, con acceso a servicios de todo tipo, escuela para sus hijos, centros de salud y todo lo que les puede proveer dicha ciudad -y otras ciudades intermedias de la región- para desarrollar sus vidas.

En definitiva, el desafío de reconstruir Santa Olga y hacerla nuevamente habitable es titánico y sin duda se requiere del esfuerzo y el compromiso de un conjunto de actores, entre los cuales desempeñan un papel relevante los órganos del poder público, empresarios, universidades y centros de investigación. Hay que pensar muchos temas, superar muchos traumas, recuperar muchas heridas, pero si no se piensa creativamente en nuevas alternativas y posibilidades productivas y laborales que le den un sustento digno a los trabajadores y moradores de Santa Olga, ésta se puede transformar en un pueblo fantasma en medio de un paisaje marcado por el abandono y la desolación.

quinta-feira, 18 de janeiro de 2018

Bernie Sanders: É hora de nova rebeldia global

Bernie Sanders
Outras Palavras

Às vésperas do Fórum de Davos, ex-candidato rebelde à presidência dos EUA propõe um movimento articulado para enfrentar, em todo o mundo, os poderosos, os bilionários e a desigualdade estrutural

Eis onde estamos como planeta em 2018: depois de todas as guerras, revoluções e grandes encontros internacionais nos últimos 100 anos, vivemos em um mundo onde um pequeno punhado de indivíduos incrivelmente ricos exercem níveis desproporcionais de controle sobre a vida econômica e política da comunidade global.

Difícil de compreender, o fato é que as seis pessoas mais ricas da Terra agora possuem mais riqueza do que a metade mais empobrecidada população mundial — 3,7 bilhões de pessoas. Além disso, o top 1% tem agora mais dinheiro do que os 99% de baixo. Enquanto os bilionários exibem sua opulência, quase uma em cada sete pessoas luta para sobreviver com menos de US$ 1,25 [algo como R$ 4] por dia e – horrivelmente – cerca de 29 mil crianças morrem diariamente de causas totalmente evitáveis, como diarreia, malária e pneumonia.

Ao mesmo tempo, em todo o mundo, elites corruptas, oligarcas e monarquias anacrônicas gastam bilhões nas mais absurdas extravagâncias. O Sultão do Brunei possui cerca de 500 Rolls-Royces e vive em um dos maiores palácios do mundo, um prédio com 1.788 quartos, avaliado em US$ 350 milhões. No Oriente Médio, que possui cinco dos 10 monarcas mais ricos do mundo, a jovem realeza circula pelo jet set ao redor do mundo, enquanto a região sofre a maior taxa de desemprego entre os jovens no mundo e pelo menos 29 milhões de crianças vivem na pobreza, sem acesso a habitação digna, água potável ou alimentos nutritivos. Além disso, enquanto centenas de milhões de pessoas vivem em condições de vida indignas, os comerciantes de armas do mundo enriquecem cada vez mais, com os gastos governamentais de trilhões de dólares em armas.

Nos Estados Unidos, Jeff Bezos — fundador da Amazon, e atualmente a pessoa mais rica do mundo — tem um patrimônio líquido de mais de US$ 100 bilhões. Ele possui pelo menos quatro mansões que, em conjunto, valem várias dezenas de milhões de dólares. Como se isso não bastasse, está gastando US$ 42 milhões na construção de um relógio dentro de uma montanha no Texas, que supostamente funcionará por 10.000 anos. Mas, nos armazéns e escritórios da Amazon em todo o país, seus funcionários usualmente trabalham em jornadas longas e extenuantes e ganham salários tão baixos que precisam crucialmente do Medicaid, de cupons de alimentos e subsídios públicos para habitação, pagos pelos contribuintes dos EUA.

Não só isso: neste momento de riqueza concentrada e desigualdade de renda, pessoas em todo o mundo estão perdendo a fé na democracia. Eles percebem cada vez mais que a economia global foi manipuladapara favorecer os que estão no topo à custa de todos os demais — e estão revoltados.

Milhões de pessoas estão trabalhando mais horas por salários mais baixos do que há 40 anos, tanto nos Estados Unidos quanto em muitos outros países. Elas olham à frente e sentem-se indefesas diante de poucos poderosos que compram eleições e uma elite política e econômica que se torna mais rica, enquanto futuro de seus próprios filhos torna-se cada dia mais incerto.

Em meio a toda essa disparidade econômica, o mundo está testemunhando um aumento alarmante do autoritarismo e do extremismo de direita — que alimenta, explora e amplifica os ressentimentos dos que ficaram para trás e inflamam o ódio étnico e racial.

Agora, mais do que nunca, aqueles que acreditamos na democracia e em governos progressistas devemos mobilizar as pessoas de baixa renda e trabalhadoras em todo o mundo para uma agenda que atenda suas necessidades. Em vez de ódio e divisão, devemos oferecer uma mensagem de esperança e solidariedade. Devemos desenvolver um movimento internacional que rejeite a ganância e a ideologia da classe bilionária e conduza-nos a um mundo de justiça econômica, social e ambiental. Isso será uma luta fácil? Certamente não. Mas é uma luta que não podemos evitar. Os riscos ao futuro são altos demais.

Como o Papa Francisco observou corretamente em um discurso no Vaticano em 2013: “Criamos novos ídolos; a adoração do antigo bezerro de ouro encontrou uma nova e impiedosa imagem no fetichismo do dinheiro e na ditadura da economia sem rosto nem propósito verdadeiramente humanos.” Ele continuou: “Hoje, tudo está sob as leis da competição e da sobrevivência dos mais aptos enquanto os poderosos se alimentam dos sem poder. Como consequência, milhões de pessoas encontram-se excluídas e marginalizadas: sem trabalho, sem possibilidades, sem meios de escapar”.

Um novo movimento progressista internacional deve comprometer-se a enfrentar a desigualdade estrutural tanto entre as nações como em seu interior. Tal movimento deve superar o “culto do dinheiro” e a “sobrevivência dos mais aptos”, como advertiu o Papa. Deve apoiar políticas nacionais e internacionais destinadas a aumentar o nível de vida das pessoas pobres e da classe trabalhadora — desde o pleno emprego e salário digno até o ensino superior e saúde universais e acordos de comércio justo. Além disso, devemos controlar o poder corporativo e interromper a destruição ambiental do nosso planeta que tem resultado nas mudanças climáticas.

Este é apenas um exemplo do que precisamos fazer: apenas alguns anos atrás, a Rede de Justiça Fiscal (Tax Justice Network) estimou que as pessoas mais ricas e as maiores corporações em todo o mundo esconderam entre US$ 21 trilhões e US$ 32 trilhões em paraísos fiscais, para evitar o pagamento de sua justa contribuição em impostos. Se trabalharmos juntos para eliminar o abuso tributário offshore, a nova receita que será gerada poderá pôr fim à fome global, criar centenas de milhões de novos empregos e reduzir substancialmente a concentração de renda e a desigualdade. Tais recursos poderão ser usados para promover de forma acelerada uma agricultura sustentável e para acelerar a transição de nosso sistema de energia dos combustíveis fósseis e para as fontes de energia renováveis.

Rejeitar a ganância de Wall Street, o poder das gigantescas corporações multinacionais e a influência da classe dos bilionários globais não é apenas a coisa certa a fazer — é um imperativo geopolítico estratégico. Pesquisa realizada pelo Programa de Desenvolvimento das Nações Unidas mostrou que a percepção dos cidadãos sobre a desigualdade, a corrupção e a exclusão estão entre os indicadores mais consistentes para definir se as comunidades apoiarão o extremismo de direita e os grupos violentos. Quando as pessoas sentem que as cartas estão empilhadas na mesa contra si e não veem caminho para o recurso legítimo, tornam-se mais propensas a recorrer a soluções prejudiciais a elas próprias e que apenas exacerbam o problema.

Este é um momento crucial na história do mundo. Com a explosão da tecnologia avançada e os novos paradigmas que ela permitiu, agora temos a capacidade de aumentar substancialmente a riqueza global de forma justa. Os meios estão à disposição para eliminar a pobreza, aumentar a expectativa de vida e criar um sistema de energia global barato e não poluente.

Isto é o que podemos fazer se tivermos a coragem de nos unir e confrontar os poderosos que querem cada vez mais para si mesmos. Isto é o que devemos fazer pelo bem de nossos filhos, netos e o futuro do nosso planeta.